La misma clase política, a la que el 15M llamó casta, recordó a los indignados de las plazas y a los nuevos tertulianos, que en España y en #Europa ya había una democracia representativa, que por más que ocuparan las plazas no podían compararse con las revueltas árabes y que acampar en espacios públicos es digno de antisistemas. Les recomendó (subestimando su capacidad de organización y la cantidad de gente que pensaba como ellos, o  que al menos  compartía el diagnóstico de lo que había pasado en el país) no olvidarse de eso llamado elecciones.

Menos pancartas y más votos

Casi siempre para intentar quitarle mérito al portavoz, se dice que la coyuntura era perfecta para el discurso de Iglesias.Por un lado la brecha que abrió la mayor crisis económica de la historia entre ricos y pobres, allanó el terreno para que el planteamiento de los de arriba contra los de abajo permeara con más facilidad. Como cuando en una película nos identificamos con el débil que sufre bromas y humillaciones y nos cae mal el abusón. Cuando salieron a la luz los amaños entre políticos y pseudoempresarios y los gastos sonrojantes que, con una tarjeta de empresa para gastos de representación, hicieron los consejeros de una entidad rescatada con dinero público, buena parte de la ciudadanía empezó a querer ver al malo de la película caer.

Iglesias y los suyos sintieron rápidamente las consecuencias de haber saltado al campo a señalar con nombres y apellidos a políticos que utilizaron el poder para hacer dinero, y a empresarios que compraban poder para hacer más dinero: "la corrupción como forma de gobierno".  

El discurso era impecable, y las pruebas sobraban, pero España no es Islandia, ni Alemania, ni Inglaterra, ni Francia. Aquí los políticos saben que la corrupción no penaliza en las elecciones, y seguro que hasta reían cuando leían en un graffiti: Dimitir no es un nombre ruso. Las consecuencias fueron que se inauguró la temporada del todo vale para desprestigiar al enemigo político. Se aireó (con éxito) todo lo que se creyó que ensuciaría la imagen de Podemos, o que los haría ver no tan perfectos. Vínculos de asesoramiento por parte de Juan Carlos Monedero a Venezuela o simpatías con la Bolivia de Morales o el Ecuador de Correa, servían para llamarlos, desde (la elástica palabra) populistas, a infiltrados bolivarianos, castristas y advertir que querían traer el chavismo a España. 

Los medios de comunicación son los generadores de opinión y la campaña del miedo a Podemos caló hondo en algunos, otros, los que veían rocambolesco que fueran los bolcheviques del siglo XXI, simplemente se apuntaron a la rivalidad estética de gente bien vs perroflatuas, y tenían muy claro que su equipo era el primero.

Nunca había sido Venezuela tanto tiempo trending topic en España. De hecho hubo una época, nada lejana, en que la derecha española, con el petróleo y las exportaciones en mente, llamaba a Hugo Chávez amigo

Somos el cambio sensato, fue el slogan con el que se presentaron en la sociedad española. En Catalunya ya los conocían desde hacía casi 10 años. Ahí, el partido de Albert Rivera en temas clave de política social, adoptó posturas conservadoras (votaba lo mismo que el PP ) y en lo económico mantenía un discurso socialdemócrata, pero la letra pequeña desprendía posturas liberales trascendentales. Ciutadans aprovechó el tirón de: nueva política vs vieja política, tradujo su nombre al español, y lo llamaron el Podemos de derechas. También les quedaba pasar por la prueba del algodón y los atacaron, no con tanta agresividad, pero la suficiente para  salir con raspones, despeinados y ambidiestros.

Se habla ya de una segunda transición,y tras el 20D el bipartidismo sí salió tocado pero sigue en pie.

Habrá nuevas elecciones en verano.