La semana pasada se reactivó en las escuelas, el Operativo Mochila Segura. Yo quizás no me habría enterado de no ser por los constantes elogios que le dedicaba el conductor del taxi en el que viajaba a la iniciativa. Según él, las balas no entendían de garantías individuales y, entre otras cosas, argumentaba que era preferible perder el derecho a la privacidad a que un niño perdiera la vida. “Yo no enviaría a mi hijo a una #Escuela donde no garanticen la seguridad a todos”, me decía con tono erudito, agitando el dedo en el aire y toda la cosa. “Y si a algunos papás no les gusta, pues que no los lleven; es más, las escuelas deberían prohibirle la entrada a los que no quieran que les revisen la mochila”..

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Quizás no estoy de acuerdo con su postura, pero no puedo negar que sus palabras me hicieron reflexionar. Suele ser común que luego de una desgracia, el Estado adopte este tipo de medidas para evitar que el desastre vuelva a ocurrir y de esta forma, hacer que garantiza la seguridad de sus ciudadanos. Igual de frecuente es que sean los mismos ciudadanos quienes recurran al #Gobierno, como si del mismo pantocrátor se tratara, para exigirle que adopte esas medidas, aunque a cambio deba ceder, en mayor o menor medida, ciertos derechos. Por supuesto que esta dicotomía de libertad y seguridad no es reciente; es antigua como la democracia misma y encuentra su fundamento en la fantasía que tenemos, de que el Estado debe garantizar nuestra seguridad.

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Una suerte de reclamo al padre simbólico, al que le hemos otorgado facultades divinas y que, con base en nuestras expectativas, está obligado a proporcionarnos protección y reconocimiento, como si éste fuese omnipotente y soberano de todo.

Y así es que en momentos de crisis, recurrimos a él porque tenemos miedo y nos sentimos impotentes, olvidando que aún con todos sus recursos y toda su grandeza, el Gobierno se encuentra de igual forma limitado, toda vez que no es capaz de asegurarnos que seguiremos aquí el día de mañana.

Somos insignificantes. Tremendamente insignificantes. Y ante la naturaleza y el azar podemos muy poco, por más que contemos con una seguridad social eficiente y con cuerpos de policía preparados, y con los mejores programas de salud. No importa cuánto deseemos creer en ese Estado-Padre todopoderoso, los accidentes seguirán ocurriendo y nadie puede evitarlo. Tarde o temprano nos enfrentaremos a nuevas tragedias, nuevos atentados; sucesos que van más allá de nuestro control y sobre los que ningún Gobierno tiene dominio..

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Y mientras le cedemos nuestras garantías, por mínima que esta renuncia pudiese llegar a parecernos, le conferimos un tremendo poder sobre nosotros… a cambio de nada. Algo así como si por la mañana te dejaras revisar las cavidades para evitar que haya un atentado en tu lugar de trabajo y por la tarde, al regresar a tu casa, te parte un rayo o te asaltan.

Conferir a otro nuestros derechos significa asumir una actitud pasiva que puede resultar muy cara, incluso a corto plazo. Lo que me recuerda a aquella fábula de Isaac Asimov donde el caballo, temeroso de un lobo, recurre al hombre para que lo proteja y a cambio, le concede dejarse montar por él. El hombre acepta el trato y mata al lobo. Entonces, el caballo, aliviado, se acerca a él y le dice: “Ahora que nuestro enemigo está muerto, quítame la silla y el bocado y devuélveme la libertad. Pero el hombre se echó a reír a carcajadas y le contestó: “Vete al infierno. ¡Al galope!”, y lo espoleó con todas sus fuerzas. #Derechos Humanos