En su libro, Fundación, Isaac Asimov (2 de enero de 1920 – 6 de abril de 1992) nos presenta la lógica simbólica, una rama ficticia de conocimiento que permite eliminar esas “complicadas inutilidades que oscurecen el lenguaje humano”, con el fin de despojarlo de toda ambigüedad y dilucidar de este modo, el mensaje esencial —y por tanto, verdadero— de cualquier enunciado.

Influido, quizás, por la Monadología de Leibniz, Asimov sugiere que cualquier discurso puede ser reducido a un sólo fundamento, que no es otra cosa que la intención esencial del mensaje. Así, una misiva diplomática, colmada de ringorrangos y lisonjas al destinatario, termina siendo al aplicarle la lógica simbólica, un claro ultimátum; entre todas aquellas frases como “Su poderosa majestad”, “Honorable presidente de la Junta de Síndicos” y demás, se esconde un mensaje tan implacable como irrebatible: “O nos dan lo que queremos en una semana, o lo cogeremos por la fuerza”.

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Resulta significativo cómo, más adelante en la narración, se aplica la lógica simbólica a todas las declaraciones que hace un canciller durante una visita de Estado. El resultado es increíble: al analizar todas las conversaciones —formales e informales—, que sostiene el político durante los cinco días de su visita, descubren que lo que queda de su discurso es absolutamente nada.

Poco más que un ejercicio ocioso, sería intentar aplicar los principios de la lógica simbólica a todas aquellas declaraciones y discursos de los últimos días. Desde el tuit de Netanyahu, hasta las últimas declaraciones de la cancillería con respecto a la llamada telefónica entre Peña y #Trump, sin olvidar la misiva de la American Chamber concerniente al boicot anunciado en redes sociales contra los productos y empresas de origen estadounidense.

De poder hacerlo, ¿qué resultados obtendríamos?, ¿Qué seríamos capaces de extraer desde la opacidad de todas esas palabras?, ¿Coincidirían nuestros resultados con aquellos encontrados en la obra de Asimov?

Lo cierto es que como mexicanos nos cuenta mucho trabajo intepretar la esencia de los mensajes, toda vez que los representantes políticos en nuestro país simulan hablar, pues sus discursos suelen tener una sola obligación, la de esquivar el compromiso.

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Quizás es por eso que a nuestra clase política le sorprenda tanto que Trump hable de forma tan poco confusa y se atreva, incuso, a cumplir sus promesas de campaña; algo inaudito —¿ofensivo?— para un país como el nuestro, en el que estamos acostumbrados a que las promesas de campaña tan sólo se firman. Creo que de poder aplicar la lógica simbólica al lenguaje político nos evitaríamos, como ciudadanos, bastantes descalabros.

Y para muestra, un botón: según Dolia Estévez, Trump humilló a Peña en aquella llamada, e incluso amenazó con enviar fuerzas armadas. Luego, sale la cancillería de México a refutar dicho reporte, argumentando que está basado “en absolutas falsedades”. Un día después, un funcionario del #Gobierno de Trump, afirma que los comentarios del presidente de Estados Unidos a su homólogo mexicano “eran en broma”.

Quizás todos dicen la verdad, ¿por qué no? Tal vez si que había una amenaza detrás de esa broma, pero ni Enrique Peña ni su canciller fueron capaces de entenderla. Y ya me los imaginó, risa y risa, tan crédulos; satisfechos porque grandes estadistas resultaron ser.

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Si ese fuera el caso, yo le recomendaría a nuestro presidente leer con urgencia el libro de Asimov. Pero sé que es baladí; después de todo, Enrique Peña no . #Enrique Peña Nieto