Cualquiera que haya utilizado los servicios públicos de salud en este país sabe que es difícil decidir qué es lo peor. La lista de agravios es larga. Va desde las esperas de meses por una consulta, hasta la negligencia con consecuencias de muerte, pasando por el desabasto de medicamentos, los malos tratos de todo el personal o la precariedad de las instalaciones, entre otros temas. Es la norma. Las experiencias positivas son la excepción.

Pero hay algo que yo no había notado: la comida hospitalaria es una burla. Pocas proteínas - y no de las mejores -, sólo algunos vegetales de hojas verdes, puré de cajita y embutidos que tienen más cancerígenos que nutrientes.

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Sin embargo, incluir fruta parece el único acierto constante. Eso sí: los guisos sin sal, aunque los estudios más recientes muestren que no sirven para nada las dietas que sólo la limitan o eliminan.

Fuera de eso: Galletas marías, mantecadas, galletas saladas, pan blanco de barra, espagueti y sopas de pasta, son los básicos diarios. Todo lo anterior: #harinas blancas.

Y esto es lo que sabemos de las harinas blancas:

- Elevan la insulina y favorecen la obesidad

El páncreas reacciona liberando insulina; la hormona que se encarga que no sintamos hambre (glucagón) se deja de producir y el cuerpo obtiene demasiada azúcar muy rápido. Generalmente, no lograremos quemarla tan rápido y se almacenará en forma de grasa.

- Provocan adicción

Para los receptores químicos de nuestro cuerpo, las harinas blancas son como cualqueir droga: a más consumo generan mayor necesidad.

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- Su boost dura poco y después se invierte

Se digieren más rápido. La energía que brindan es efímera. Media hora después, lo que están haciendo es elevar el cortisol - la hormona del estrés - provocando cansancio, pesadez, ansiedad y depresión.

- Desmineralizan nuestro cuerpo

Esto es consecuencia del exceso de almidón y del uso de blanqueadores.

- Contienen otros elementos dañinos

Llevan conservadores, potenciadores de sabor, blanquedores, colorantes (incluso blanco), jarabe de maíz alto en fructosa y grasas trans, entre elementos que pueden o no aparecer en la lista de ingredientes.

- Y lo más importante: ¡No tienen nutrientes!

En serio, se eliminan junto con el pericarpio (la cascarita del grano), el germen y el endospermo, que son los elementos que sí conservan las harinas integrales y por los que ésas sí tienen un cierto valor nutricional. En resumen, no aportan nada. ¡Ni siquiera tienen fibra!

Hay más: estudios recientes vinculan el consumo de pan a un buen abanico de enfermedades mentales y otros han comprobado daño celular a largo plazo.

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Pero el punto es, que hasta cuando estamos enfermos y deberían pretender que nos cuidan, ¡nos siguen matando descaradamente!

¿Por qué lo hacen? ¿Es porque no les alcanza? ¡Bah! un caldito de zanahorias con cebolla es tan barato como un espagueti o una sopa de letras y resulta ser un gran danés al lado de un chihuahua, en términos de nutrición.

Está claro que lo poco que se asigna a la salud es un crimen (literalmente, para mí, lo es). Pero aún así, no es por el dinero. Como todo lo demás que hacen mal, lo hacen a propósito. Así el servicio termina de ser una calamidad y finalmente pueden privatizarlo. No les interesa cuidarnos la salud. La salud en el capitalismo sólo interesa como negocio.

Está bien que cada quien elige con qué veneno envenenarse en su vida diaria –total, tenemos de todos para elegir, comidos, bebidos, inyectados, fumados-. Pero cuando estás enfermo, convaleciendo en un hospital que se paga con tus impuestos, y te siguen tratando como ganado - con lo mal que le va al ganado en nuestros días -, algo apesta. Como la comida del #IMSS. #salud publica