Al igual que muchas personas empecé a fumar como una manera de afirmar mi mayoría de edad. Tenía un trabajo estable, no me apremiaba aportar todos mis ingresos a la despensa familiar, en la agencia de publicidad donde trabajaba casi todos fumaban, así que mi contaminación se sumaba al concierto de nicotina en el aire de cada día.

Fumar me acercó a unos círculos y me retiró de otros, por ejemplo, del círculo deportivo. Pretexté que la presión del trabajo me hacía indispensable fumar para calmar los nervios, cuando este argumento se vino abajo, me subí al tren de los que juran que dejarán de fumar. No quise tomar uno de esos cursos en los que seguramente se deja el dinero y a veces también el tabaco, decidí poner a prueba mi fuerza de voluntad.

Anuncios
Anuncios

Dejaba de fumar siete veces al día, los cigarrillos light eran aspirados con mayor fuerza, en síntesis, dejar de fumar me ataba más al vicio (tuve que aceptar la palabra) y el único consejo que me iba a servir era el que no quería tomar: no se puede dejar de fumar fumando, tenía que cortar definitiva y súbitamente. Más claro, a partir del momento en que se decide dejar de fumar, no habrá un cigarrillo más, cueste lo que cueste.

Un amigo me explicó las etapas por las que habría de pasar: primera: ANSIEDAD. Era un obsesivo 24 horas los siete días de la semana de volver a encender solo uno, pero ya había comprobado, reincidir era eso, al primero seguiría el segundo y los siguientes. Soñaba con un cigarro, despertaba deseándolo y habría cambiado los tres alimentos de un día por tres cigarrillos.

Anuncios

Esa primera etapa duró unas tres semanas, la siguiente era el AUTOENGAÑO: repentinamente despertaba lúcido, optimista sintiendo que ya había ganado la partida y luego la idea: tanto había dejado el vicio, que hasta me podía fumar un cigarro y no volver a fumar otro como demostración de mi victoria. Cuando rechazaba ese cigarrillo triunfal, regresaba la ansiedad. Sólo me trataba de tropezar para volver a la cajetilla. Esta segunda etapa me tomó un par de duras semanas.

La tercera etapa fue la PÉRDIDA DE LA VERGÜENZA; todos conocemos al borrachín que hace el ridículo mintiendo para obtener una dádiva para el vicio, en mí fue más sutil; un día vi a un desconocido encender un cigarro en la calle, inmediatamente imaginé que sería una broma sensacional llegar sin decirle una palabra, sacarle la cajetilla del bolsillo, tomar un cigarrillo, encenderlo con el que ya se estaba fumando y regresar la cajetilla sin una palabra. Que bromón morrocotudo sería, pero nuevamente mi decisión fue alejarme del cigarro, afortunadamente la ansiedad ya no era tan intensa, pero sí lo era la creatividad para justificar volver a encender un cigarro y aspirar su humo tan necesario.

Anuncios

Luego, milagro: repentinamente un día, a los tres meses descubrí que ya tenía más de una semana sin pensar en el tabaco, por supuesto, alerté mis sentidos para no celebrar fumando nuevamente un cigarrillo.

Hoy ya cumplí 28 años sin fumar, ni mi esposa ni mis hijos fueron víctimas de mi falta de voluntad y una cosa sí aseguro: rechazaré todo intento del tabaco de volver a atraparme. Suficiente trabajo me costó dejarlo, pero es totalmente posible. #Tabaquismo #Vida familiar #Ecología