La felicidad de nuestros hijos no es un estado emocional que podamos escoger procurar o no procurar. Tampoco es un elemento fútil que se puede dejar a la suerte, a merced del viento o a donde lo arrastre la marea, pues cuando procreamos estamos adquiriendo una enorme responsabilidad que, lamentablemente, no todo el mundo asume como tal, y que goza de la dualidad de ser algo importante y sencillo a la vez. Pero, ¿es realmente difícil hacer feliz a un niño?

La visión de la vida que nosotros los adultos nos hemos formado en virtud de nuestras experiencias vividas, generalmente no se corresponden con las expectativas simples que los #Niños experimentan y que alguna vez también nos motivaron a nosotros.

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Pensamos que la calidad del tiempo dedicado se fundamenta en el sitio y el dinero que invirtamos, cuando, realmente, a los niños solo les importa disfrutar; lo cual no es para nada complicado, si nos detenemos a pensar en la gran ventaja que representa su fértil imaginación. También asumimos que, para impresionar a un niño con un regalo, debemos desembolsar una suma importante de dinero, cuando innumerables veces hemos observado cómo un infante deja a un lado un juguete costoso para correr tras una mariposa, una rana, una lagartija o para, después de un rato en el cual haya pasado la novedad, coger nuevamente su viejo y sucio muñeco de plástico y retomar una conversación imaginaria en el punto donde había quedado.

Lo que trato de expresar con esto, es que, en ocasiones, postergamos momentos que pudiesen ser bonitos con nuestros hijos.

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Solemos pensar en una futura salida o un momento perfecto, sin saber que, quizá, el momento que ellos iban a recordar por el resto de sus vidas, sería justamente aquel que nunca ocurrió porque nosotros no lo permitimos.

Muchos de los recuerdos que guardamos, aveces tan lejanos como de nuestra primera infancia, son de momentos en apariencia irrelevantes, si se ven desde la óptica de un ya crecido, pero que a nosotros, aquella vez, nos pareció tan increíblemente mágico que fue digno de ser atesorado en nuestra memoria hasta hoy. Los niños son seres sencillos; algo así como almas elevadas que poco a poco la sociedad va degradando al despojarlas de su pureza, preparándolas para enfrentar los embates de un mundo inmisericorde en el cual, las almas puras, simplemente no sobreviven.

Los verdaderos maestros no somos nosotros, aunque de este modo lo supongamos. Un niño reirá, si reímos con él; jugará con nosotros, si así se lo pedimos; hablará con nosotros, así esté molesto porque le hayamos regañado, pues todavía no está contaminado por el rencor. Entonces, ¿qué tan difícil es hacer feliz a un niño? La respuesta es simple. ¡No es para nada difícil, si tan solo lo intentamos! #Educación #Salud mental