Llevo 40 minutos de camino desde que abordé el camión en la zona del ex Toreo con rumbo a Tepotzotlán, Estado de México, y estoy a punto de llegar a uno de los oasis de quietud que se encuentra oculto en las zona conurbada de la gran Ciudad de México.

Después de recorrer la gran recta que adormece a los conductores de la autopista México-Querétaro, el camión se desvía poco antes de la primera caseta de cobro y baja su velocidad. En verdad parece como si el conductor le rindiera un gran respeto a este pequeño rincón repleto de quietud. Tal vez el mismo transporte con sus zangoloteos, saluda y da la bienvenida al visitante que alivia sus ojos en las callejuelas empedradas con rocas de río o lajas de cantera.

Por lo pronto, prefiero bajar del camión y continuar a pie. La gente del lugar luce relajada; cada paso se disfruta con las construcciones aún de adobe, algunas de reciente construcción, otras de recuerdos centenarios. Los ventanales se esconden tras gruesos barrotes de hierro forjado, de vitrales coloridos o de gruesas hojas de madera envejecida, que más allá de dar un aspecto descuidado, aportan esa rusticidad que el visitante espera encontrar.

Es ahora cuando recuerdo que el cielo no es gris, sino azul. Los embates de la contaminación no han logrado su cometido y dejan apreciar los añorados cielos de profundos tonos azulados y una que otra nube perdida se desmorona en la nada. A lo lejos, la torre del campanario del ex convento de San Francisco Javier comienza a vestirse lentamente con los rayos del sol.

Algunos comercios de artesanías comienzan a exhibir soles de barro teñidos en brillantes tonos azules y amarillos; discretos faroles de hojalata custodian a Sancho Panza y a Don Quijote que andan a caballo sin salir de su pequeño pedestal de hierro.

Sin darme cuenta, he llegado a la Plaza de la Cruz, que me recibe con adoquines y escalinatas de cantera, extensos pastos de alegres flores que bailan al ritmo del fresco viento matinal. Los artesanos muestran lo que la naturaleza nos ofrece ya convertido en pulseras, adornadas de piel, metales y piedras; carritos de madera pintada me transportan hasta hace más de 20 años al patio de mi infancia; las marionetas con calzón de manta bailan su ritmo imaginario y el balero alegra con sus tonos sin pretensión de combinar… Las abejas danzan en un frenesí de frutas caramelizadas amarillas, verdes; rellenas de coco rallado, en almíbar de brillante ámbar, de sensaciones cubiertas de nuez y piñón. ¿Cómo alejarme sin llevarme un puñado de olorosos recuerdos para mis amigos?

Al salir de los pasillos de comercios se encuentra majestuoso de cantera, de ángeles, de santos, de nichos y hornacinas, el ex convento de San Francisco Javier. Del lado derecho, el ex convento se encuentra custodiado por un jardín delimitado por una barda de arcadas invertidas, con árboles más viejos que cualquiera de los visitantes y parejas enamoradas que se lanzan "te quiero" entre las ramas. Las cúpulas en lo alto reafirman lo imponente del recinto del Museo Nacional del Virreinato, como también es conocido este ex convento.

Al interior del museo la temperatura desciende, las paredes gruesas aíslan el bullicio exterior y me pierdo en la rigidez de una armadura de metal. Me pregunto cómo pudo moverse, ¿quién lo portó? Camas de los beatos, óleos anónimos, algunos con la firma de su autor; arte sacro, sombrío, fúnebre. Pero en medio de toda sobriedad y luego de estar perdido entre fríos pasillos por más de 30 minutos, se abren las puertas del huerto de naranjos y mi vista no deja de saborear los inalcanzables frutos.

Salgo del museo y mi estómago me guía hacia el mercado municipal. Paseo entre flores, legumbres, quesadillas y barbacoa, pero mi gusto es más aventurero: ¿por qué no comerme una trucha recién pescada? O mejor aún ¿a qué sabrá el venado? #Turismo #Crónica Ciudad de México #Cultura Ciudad de México