Vivimos contrapuestos en una lucha entre el status quo [VIDEO] y la verdad sensible de la sociedad. Por un lado hacemos un esfuerzo por dar a conocer el Teatro Nacional, por otro nos vemos siempre expuestos al menos precio de las manos que orquestan su difusión.

¡No podemos soñar!, crispa el que viene de arriba, el Raramuri; su interpretación es tan aguda que conmueve y lloramos algunos haciendo eco a las emociones que denuncia ante la imposibilidad de ganarle la carrera a la corrupción arrasando con cada valor tradicional.

La autora, Bárbara Colio, decide dirigir su propia dramaturgia en esta ocasión, siempre exitosa, comienza su ascenso en Tijuana al final de los noventas cuando emprende la carrera del teatro siguiendo de modo horizontal hacia Madrid y Londres donde se le celebra e incluye en la cartera del Royal Court Theatre.

En el camino ha sido premiada, no sólo con algunos de los galardones principales de la dramaturgia en México, como el premio Rascón Banda y el de Bellas Artes en 2009 sino con la gran satisfacción de ver muchos de sus libretos llevados a escena y traducidos a varias lenguas.

Reinventando tramas clásicas como la de Antígona, o aportando ideas nuevas

Obras como Cuerdas, Usted está aquí, Pequeñas Certezas, Vuelve cuando hayas ganado la guerra, I castrati y el Día más violento, entre más de una veintena de dramas han llevado su nombre a Estados Unidos, Francia, España, Italia, Portugal, Argentina y el Perú por citar algunos.

Ante semejante miembro del Sistema Nacional de Creadores era de esperarse que la acompañaran en esta nueva versión de la tragicomedia mexicana figuras muy conocidas del medio como Nailea Norvind, Tizoc Arroyo y Francesca Guillén; así como Harif Ovalle, un talentoso intérprete que combina la expresión corporal con la música.

Nailea se capacitó en Televisa. Debutó a los 12 años en Chispita y comenzó un camino de estelares antagónicos con las Quinceañeras y posteriormente alcanzó la fama con el film Gaby, una historia verdadera. Será recordada por hacer de mala en Cuando llama el amor con Lucero y recientemente en La Candidata con Silvia Navarro.

Caso parecido es el de Francesca quién ha participado en telenovelas como la Generación 406, con Ripstein en el cine y en teatro a lado de Ofelia Medina con Cada quien su Frida y El placer de Nuestra Lengua que le han dado chance de presentarse en México y otros países; y el de Tizoc quién se entrenó con Héctor Mendoza destacando varios protagónicos en Jaime Humberto Hermosillo, con Robert Rodríguez en el Mariachi, en el cine mexicano y en la película de la Cristiada con Dean Right, entre otros proyectos.

Harif es un caso distinto, no pertenece al sistema de estrellas que sostiene la tele y las revistas, su interés versa más en los sabores espirituales del teatro que se funde con el cuerpo, ha montado obras experimentando y participa a los jóvenes de esta tendencia con talleres.

Todos corren. Cada uno a su modo para permanecer adelante de la competencia, para salvarse del abuso de la familia, para evadir la paternidad y las relaciones; Harif que representa un obrero con raíces indígenas [VIDEO], como alternativa para recuperar una identidad que se deslava mientras la urbanización se traga la tierra.

Bolio confronta cuatro visiones de la realidad en un supermercado que se hace presente con algunos elementos básicos de escenografía; no hay efectos, ni vestuario extravagante, ni cambios de tiempo o espacio. Los desconocidos se refugian del insomnio comprando cosas que no necesitan, se encuentran de casualidad y emprenden un desdoblamiento imaginario.

Sin hablarse se reconocen como una familia en un juego lúdico que se rompe porque la violencia se han llevado al hermano del neo indígena.

Ante la confusión, perseguido por la policía por querer llevarse sólo el pan que necesita, por correr en vez de ir el coche, el personaje de Harif nos jala a lo patético.

No hay amigos esperando a la psicosexual mujer de la bolsa, no hay perro que alimentar, ni ropa que lavar. Todos estamos solos compitiendo en la oscuridad, anhelando asimilarnos como uno sólo amasando la tierra que caminamos, pero perdidos en el sin sentido de una selfie que nos identifica con el vacío.