Pakita Andueza es una pintora y poeta nacida en el País Vasco. Debido a su carácter inquieto, recorrió el mundo y visitó India, lugar en el que entrevistó a la Madre Teresa de Calcuta y donde permaneció por espacio de un año realizando trabajo social. Posteriormente se trasladó a Nepal, al Tíbet, a distintos países europeos, a Estados Unidos y finalmente a México, cuya rica vida cultural conquistó el corazón de Pakita al grado de establecer, por más de tres décadas, su residencia en la nación azteca.

Además de su Arte, Pakita continúa haciendo aportaciones a las causas sociales mientras estudia el patrimonio de la Cultura mexicana, desde su historia y tradiciones, hasta la antropología de las antiguas civilizaciones prehispánicas.

Del País Vasco para el mundo

¿Cómo fue tu infancia?

Mi infancia fue maravillosa. Me crié en una familia religiosa, católica, pero mi padre nunca nos inculcó demasiado la religión, solo nos mandaba los domingos a misa por complacer a mi madre y a mi abuela. Él era creyente, pero no practicante, pero nos dio una buena educación, y se lo agradezco porque eso me dio todas las bases para poder andar por el mundo tranquilamente.

Naciste en la región Vasca

Así es, nací en el País Vasco, en Iruña en 1947 y agradezco haber nacido en ese lugar, que por algo me tocó nacer allí.

¿Cuándo surge la idea de conocer otros países?

Yo desde niña sabía que iba a venir a México y que iba a ir a la India, al Tíbet y a Egipto, y afortunadamente pude hacerlo. En la India viví un año haciendo trabajo social, pensando que yo iba a enseñar algo allí, y no enseñé nada, solo fui a aprender.

Y aquí llevo treinta y dos años viviendo, yendo y viniendo. Ya soy residente y amo a México profundamente porque es una nación maravillosa.

¿Cómo fueron tus experiencias en aquellas tierras lejanas: India, Tíbet, Nepal? ¿Qué aprendiste allá?

Principalmente su filosofía de vida porque para ellos el tiempo es relativo, tienen una paz en su corazón que nosotros los occidentales no tenemos. Meditan mucho, se pasan toda la vida mirando al cielo y nosotros mirando al suelo, a ver si encontramos alguna moneda, ¿no? Pero yo trabajé mucho en la comunidad; cada semana teníamos una obligación diferente y nos tocaba ayudar en las huertas, que es donde se cultivaba la verdura porque la comunidad era vegetariana. Otra semana nos tocaba llevar a las búfalas al lago a tomar agua y a mí esa semana me encantaba porque me permitía leer todo el día. Luego, en otra semana, por ejemplo, el maestro adoptó cien niños y era atenderlos en el desayuno o la comida. Y bueno, fue una experiencia increíble de verdad.

¿Cómo le hacías para entenderte con ellos, dada la diferencia de idiomas? ¿Tuviste dificultades de comunicación?

Buena pregunta. De joven, yo estuve en Inglaterra estudiando inglés, pero no aprendí porque no entraba a clases, más bien me gustaba visitar museos e ir a conciertos de jazz, visitar las tiendas que a mí me parecían un sueño, entonces mi inglés era muy limitado, pero llevaba siempre un diccionario y cuando no entendía algo lo consultaba, aunque debo decir que hay un idioma universal que es la sonrisa, que es la mímica, y no tiene problemas. O sea, no hay limitación por el idioma.

¿Es en ese momento en que decides venir de “este lado del charco”? Primero estuviste en Estados Unidos, luego vienes a México y llegas a Chiapas a conocer la cultura maya.

A Chiapas fui después. La primera vez que llegué a México desde el avión vi una ciudad enorme, con sus luces. Me impresionó tanto el D.F., que dije ¿yo cómo voy a vivir ahí, entre tanta gente y en una ciudad tan grande? ¡Me muero! ¡Yo acostumbrada a vivir en lugares más chiquitos! Entonces, me asusté tanto que me fui derecho a Chihuahua, donde estuve una semana porque quería informarme sobre la Revolución Mexicana, y luego me dirigí hacia Zacatecas, donde también estuve una semana, sin embargo ahora vivo feliz en la Ciudad de México que ya no me parece ni tan grande ni tan agresiva.

En tantos años supongo que ya identificas muy bien nuestras tradiciones, o nuestra comida.

Bueno, casi toda la comida mexicana me gusta, pero me cuesta mucho todavía entrarle al chile porque yo no estaba acostumbrada, recuerdo que una vez estaba yo en un restaurante y me sirvieron un alimento con mucho picante y tenía yo un hambre tremendo, y dije “estos mexicanos le ponen chile hasta a la leche”; pero con tantos años en México, ahora yo también uso el picante en mis guisos, quizá con menos, pero bueno, me gusta casi todo: el mole, el pozole, por ejemplo.

¿Qué otra cosa te gusta de nuestro país, por ejemplo, te gustan las tradiciones como el Día de Muertos?

Ah, sí. El Día de Muertos es una tradición maravillosa, justamente yo nací ese día, el dos de noviembre. Cuando llegué la primera vez a Oaxaca y vi aquellos altares, hasta me conmoví y lloré porque en mi tierra no hay esa tradición y dije “híjole qué maravilla, qué ceremonias a la muerte”. Solo recuerdo a mi abuela que me decía que como le gustaba mi día de cumpleaños porque ese día era el único del año que se celebraban tres misas; ella era muy católica, pero no se usaban los altares que hay en México.

¿Y es este colorido mexicano el que te hizo enamorar del país?

Me encantan los colores mexicanos y a mí me encanta vestirme de colores. Y es que cuando estás en una nación que te gusta, te gusta todo de ella, sus colores, su gastronomía, su arte, su cultura, todo. Y vine también por los grandes muralistas que tiene México, como Siqueiros, Orozco, Rivera; había yo leído ya en mi tierra de ellos, pero cuando vi los museos pues me impresioné mucho, pues me fascinaron las técnicas tan hermosas que tenían.

Posiblemente Diego Rivera sea uno de los muralistas que más conocemos los mexicanos, ¿hay algo que en particular te llame la atención de su trabajo?

Hay un mural en el palacio presidencial –Palacio Nacional- que es impresionante, que es el encuentro de dos culturas, que se ve cuando llegaron Hernán Cortez y compañía, y la Iglesia católica que llegaron a imponer su religión, entonces ese mural a mí me encanta y a toda la gente de mi tierra, amigos, que llegan acá los llevo a verlos, porque se va clarísimo como sometieron al pueblo indígena, siendo ellos nativos, les impusieron la religión y estoy convencida de ir a otros pueblos a intercambiar conocimientos, palabras, vivencias, pero nunca a imponer ni menos a colonizar; no deberíamos nunca hacerlo, y las colonizaciones son siempre por intereses materiales y, mientras los consiguen, hay matanzas, violaciones, destrucción, y es una pena todo el daño que hicieron aquellos, y también la iglesia católica porque ellos hicieron de las suyas; otros salieron muy buenos porque defendieron a los indígenas; y Pizarro en el Perú, Bolivia, Chile, también hizo lo mismo, mandados por los reyes católicos, desde España, pero, pues ellos venían a arrasar, a llevarse la riqueza, a imponer sus modos, sus costumbres, sus comidas y también su religión, entonces, yo estoy en contra de todo eso, en contra de la imposición.

Y son estas ideas las que te han llevado a realizar trabajo social en nuestro país, ¿verdad? Platícanos de esta experiencia

Bueno, en la India hice un trabajo en la Comunidad, y le hice una entrevista a la Madre Teresa de Calcuta, que me pareció impresionante también. Aquí, en México, estuve en las comunidades de Yucatán, como San Felipe, con un médico, solíamos ir una vez a la semana a asistir a la gente, él como médico y yo acompañándolo, que a poner vendas, que a dar una pastilla. En fin, fue bonito también.

Aquí en la Ciudad de México es diferente. Estoy en una casa de cultura en la que doy relajación y meditación.

La Madre Teresa de Calcuta

No puedo dejar pasar tu entrevista con la Madre Teresa de Calcuta, ¿cómo fu e tu experiencia con ella?

Fue impresionante. Yo llevaba dos objetivos muy claros a la India: entrevistar a la Madre Teresa, porque me intrigaba saber qué fue lo que la movió a hacer esa gran obra y, luego, visitar el legado de San Francisco Xabier, que murió en un barco a los cuarenta y un años, cuando se dirigía a China. Bueno, con la Madre Teresa estuvimos sentadas a la mesa y una monja vino a preguntarme si quería tomar café o té; yo le dije que prefería café. Mira, estaban en la sala como cincuenta personas esperando a la maestra para entrevistarse con ella, pero se habían citado hacia tres o cuatro meses y yo no sabía que había que pedir cita y, bueno, yo con tan buena suerte que cuando salía una pareja de su entrevista, yo creo que me vio tan diferente a todos ellos que me llamó con el dedo, y todos me miraron que me estaba llamando a mí, y entonces crucé toda la sala y –Pakita hace una pausa- fue increíble su atención y su plática, yo le platiqué de muchas cosas como de la India, una nación tan fuerte y tan distinta para nosotros los occidentales; ves leprosos en la calle, ves gente que hace sus necesidades en la calle, o sea, una falta de higiene tremenda, y ella me dijo “esto que estás viendo no es nada, tremendo era cuando yo llegué hace cincuenta años, pero ahora ya está desconocida la India”. Yo estaba impresionada, aun así la entrevista fue increíble, pero, para mí, una de las claves fue una pregunta que le hice: “oye, a mí me gustaría que me dijeras ¿qué es lo que te movió para hacer semejante obra? Y la respuesta de ella fue clara y concisa: “Pakita, ¿qué caso tiene venir a este mundo si no es para ayudar a los demás? Con esa respuesta ya no le pregunté nada más, luego nos abrazamos, nos sacamos una foto; fue impresionante la cercanía que sentí con ella, el amor de ella, su humildad.

La vida de un poeta

Pakita, ¿has volcado estas experiencias en tu obra?

Bueno, el primer libro que escribí es Bihotzeti, una palabra vasca que quiere decir Desde el corazón, y fue una catarsis, digo yo, por sacar cosas que nunca había sacado: mis sentimientos, mi amor a la familia y todo lo que les agradezco, también vienen poemas de mi niñez, de experiencias muy hermosas, y otras que no son tanto porque en la vida tenemos de todo ¿no? El segundo libro se titula Pagoma y quiere decir “Árbol y Madre Tierra”. Es como un himno a la naturaleza y me lo editaron en mi tierra, por eso los poemas están en vasco y en castellano, y también fue otra manifestación mía de mis procesos de vida, como las experiencias fuertes que me marcaron en México y Egipto. Y ahora este, el tercero, Psiquiátrico de Rosas Blancas; también son experiencias, por ejemplo con los huicholes, con los que también fui muchos años a hacer las caminatas, y el ritual que viví todas las noches en el que ellos hacen las fogatas. Otro, el poema de Mictlán, el camino de la muerte, los altares del Día de Muertos, y bueno, hablar un poco sobre la mitología mexicana, y las tradiciones que son muy hermosas.

También hablas de los cuarenta y tres jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa.

Tuve la suerte de conocer a algunos de los padres, entonces, escuchando su dolor, su sufrimiento, su situación, me motivó a escribir ese poema Luz en la obscuridad, que es el último poema de este libro, y es una crítica a los jueces ¿dónde están?, no solo de México sino del mundo entero, por consentir que sucedan en pleno siglo XXI semejantes atrocidades.

Entonces no solo eres espectadora, también te involucras ¿tienes planeado seguir con tu trabajo social?

Yo creo que sí, porque mientras haya tantas y tantas necesidades en el mundo, debemos participar,

¿Cómo es la vida de un escritor de poemas?

Pues leer mucho, viajar mucho, escribir mucho y observar. Hay que observar mucho a la naturaleza, a los seres humanos, porque todo el mundo transmitimos detrás de nuestros ojos si estamos bien, si estamos felices, sufriendo, sanos, o si estamos enfermos.

¿Sientes que te falte algo por cumplir?

Creo que no. La vida ha sido demasiado generosa conmigo en todos los aspectos: en salud, en familia, en poder realizar mis sueños así como yo lo quería.