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Uno de los puntos principales de la identidad queda en la historia del Palacio Nacional. Lo que fueran las casas de los Emperadores Aztecas, una vez destruidas, sirvieron de cimiento a los edificios que originalmente fueron propiedad del Hernán Cortés.

Desde la construcción de las primeras casas del Marqués del Valle, la Monarquía hubo modo de negociar con sus herederos para ubicar en el predio las bases del gobierno Virreinal. Hoy en día parece inmutable, sin embargo, esta apariencia esconde cinco siglos de transformaciones.

Existen sólo escuetos registros gráficos de cómo fue mutando la sede del poder de la Nueva España.

Las técnicas importadas, la mano de obra indígena y los materiales de la región, fueron acompasando cambios que poco a poco cedía el Monarca a cuenta de impuestos y de caja del tesoro.

Pese a la interminable inversión de recursos, debido a la cualidad del suelo fangoso y los métodos de soporte basados en piedra y madera, para cuando se remendaba una sección, las partes antiguas amenazaban con irse a suelo; lo cual dejaba margen a diversos implementos que como alfileres sostuvieron lo que fue la casa de los Virreyes, pero también la sede de la audiencia, la tesorería, la cárcel y la plaza militar principal de la Colonia.

Aparte los temblores y los incendios, las revueltas y las distintas guerras, los cambios de dinastía y de gusto estético dieron una interminable variación al aspecto externo e interno del inmueble, que sin dejar de ser asombroso en ningún momento, paralelamente coexistía con el muladar que provocaba el abandono y el uso de cientos de habitantes.

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Maximiliano comenzó con un último proceso que vio su flor en la dictadura de Don Porfirio, a quién se debe una inversión superlativa derivada del éxito económico promovido por la modernización de México. Ya finalmente en la época pos revolucionaria se añadieron los dos pisos superiores y se inició una política de conservación en lo que hoy funciona aún como oficinas y museo.

Cada mandatario que viene a nuestro país hace una escala, a veces atraído por los páneles de Diego Rivera, otras conscientes de las maravillas que expresa cada detalle antiguo y moderno en la descripción de un país que puede leerse a través de su Palacio Nacional.

Para nosotros hay la posibilidad cotidiana de pasearse por sus patios principales y reconocer en el Museo dedicado a Benito Juárez, un pedazo de la época de la Reforma; del modo como vivían aquellos hombres por los muebles que los acompañaban, mientras la historia se escribía a sangre y fuego.

Desde hace décadas la Galería principal en el primer piso, donde se hayan los balcones y el despacho desde donde los presidentes dan el grito de Dolores, se reinventa para ofrecer a la ciudadanía y al turista foráneo, una grata experiencia museográfica, que retrata lo mejor de nuestra trayectoria artístico/histórica.

Celebrando los 100 años de la constitución de 1917, las Secretarías de Gobierno, Hacienda y Cultura han generado un par de recorridos cuajados de elementos plásticos y tecnológicos para sumergirnos - paralelamente - en las leyes constitucionales y en las necesidades que el pueblo fue teniendo como justificación de las mismas.

No se han escatimado recursos en una tarea estética y didáctica que adelanta a nuestra mirada un cúmulo de información simbólica del modo como funcionaba la sociedad, principalmente desde que México obtuvo su independencia y comenzó a promulgar algunas de las cartas magnas más avanzadas de su momento.

Basada en la influencia europea, nuestra constitución se sienta en la vigencia de los Derechos del Hombre, que da contexto a los Derechos Sociales, ambientales, a la explicación de los tres Poderes de la Unión y el modo como se eligen sus gobernantes, por medio de la instrumentación de la democracia.

El camino está escrito con sangre, pero también con expresiones sublimes de arte. Las máquinas con una tecnología interactiva refrescan el peso de la carga legal a saber por las garantías y obligaciones propias de nuestra nación, mismas que entran en contradicción en cada momento para depurarse de la barbarie y reescribirse en el resplandor de la justicia y la razón.