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Tres ejes ambiciosamente abarcaron la trayectoria del oaxaqueño Rufino Tamayo en el Museo de Arte Moderno: " La búsqueda del Arquetipo", "De México al Cosmos" y "Por una Geometría del Espacio" ilustradas tanto con la propia colección del museo, como con aportaciones de diversas instituciones y colecciones privadas.

La sala se distribuyó generando un recorrido central abriendo las ventanas para generar un ambiente doble entre la luz natural y la artificial. Se hizo un esfuerzo importante para presentar el contraste entre los primeros años del artista en su búsqueda y obras de gran formato que dan la idea de su consolidación.

No hay muchos artistas con el poder expresivo, la cantidad y la calidad de Rufino Tamayo

Hay incuantificables imitadores, pero ninguno alcanza lo que podría ser uno de los últimos representantes de una creación que no necesita muchas palabras para definirse como obra maestra del ingenio nacional.

Sin embargo, valga decir que Tamayo no vivió en México durante el apogeo de su carrera; el antagonismo marcado que surgió contra los muralistas le obligó a refugiarse en Nueva York durante 15 años y luego en París otro tanto donde fue mejor acogido y pudo alcanzar el reconocimiento internacional.

Conocido de Vasconcelos, de Rivera, Siqueiros, Orozco, Izquierdo entre otros; egresado de la Academia de San Carlos y precursor del Museo de Antropología, su experiencia en la ciudad de México y en su natal Oaxaca nunca lo abandonaron aunque fue influido por los movimientos de vanguardia y conoció en su exilio voluntario a un número semejante de autoridades europeas como norte americanas.

Se le reconoce a Tamayo haber innovado

No sólo en el campo de la plástica, por su revolucionario uso del color y la textura, así como por su particular uso de la composición y el retrato abstracto del mundo precolombino; por haber sido un técnico experto en artes gráficas de las cuales se valió para diversificar sus ingresos y aportó inventando la Mixografía que añade volumen a la estampa.

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Vivió nueve décadas y ciertamente su legado incluye el haber abierto en Oaxaca abrió un Museo a su nombre y a principios de los años 80 también a su nombre, el Museo de Arte Contemporáneo frente al MAM.

Gracias al andamiaje de la Fundación Rufino y Olga, su musa y compañera de vida, el recinto forma un triángulo en la primera sección del bosque de Chapultepec (junto con el Museo de Antropología y el MAM) que durante décadas ha sido punto de referencia para la asimilación de los movimientos más radicales de la escena internacional.

Para quién no pudo concurrir a la asombrosa muestra que cerró esta semana, queda siempre presentarse en su museo donde generalmente dan juego a las colecciones que legó el pintor en refrescantes montajes que abordan su trabajo desde distintos puntos de vista.

Justo ahora, inmerso en la exposición alusiva a la Bienal de Pintura Rufino Tamayo, que ya lleva dos generaciones realizándose, se han montado un par de salas con pinturas excepcionales, tirajes de grabados y hasta dibujos que no se vieron en la retrospectiva del MAM.

En cuanto a la Bienal, se trata de uno de los premios más importantes que hay en este país para dar impulso a los autores adultos (mayores de 35) a quiénes se ayuda con algunos premios de adquisición, y con una plataforma itinerante que lleva la selección a distintas latitudes del país, dándoles de este modo un impulso invaluable por la difusión que se hace al respecto.

Este año vemos con algo de nostalgia el trabajo de Edgar Cano "No hay nadie", uno de los galardonados, cuya obra ahora es parte del patrimonio de la fundación. Nos viene un sentimiento contradictorio porque se trata de un regreso al realismo fotográfico cuya importancia radica en la expresión de aquello roto en la fisonomía de paisaje urbano.

También se seleccionó una obra más actual donde se manifiesta un arcoiris de pinturas industriales bañando de forma lineal la superficie vertical de un lienzo; el resto de las obras expuestas nos hacen ver o un desapego de la informalidad abstracto experimental y un regreso simplón a la figuración que nos hace ver lo feo de la sociedad e incluso al retrato indigenista.