Eran alrededor de las seis de la tarde, tal vez un poco más, había perdido el hábito de quedarme hasta la siete como hacía en mis tiempos de “soltería atípica”, me encantaba compartir la cena con el equipo nocturno, que no eran más que colegas que desempeñaban actividades en la tarde, pero las cosas cambian, ya mi vida estaba nuevamente reprogramada, llegó la reconciliación y con ella los deberes y rutinas, sin embargo, presentía que este día de alguna manera sería diferente por alargar la jornada con tanto trabajo acumulado.

Por aquel tiempo el centro hizo reparaciones en algunos pisos, y reformas totales en los baños de las damas, de veras quedó confortable y mucho más higiénico con los sanitarios nuevos, bellos azulejos azul cielo, lavabos…solo olvidaron cambiar el desvencijado cerrojo de la puerta, pero bueno!!...

del lobo un pelo!!...

Entrada la noche tenía todo el trabajo adelantado, y en la comodidad del orden, había escrito otro cuento para ese fantasioso libro que se me antojaba hacer, y compartir con los amigos y familiares que quieran conocer de mis experiencias en este nuevo reto que la vida me planteó, pues se que aunque me encante escribir y disfrutar cada palabra de mis propias narraciones, entiendo que este género es muy exigente, valiente y profesional, que aunque me salgan las cosas del alma y con un lenguaje sencillo, tengo en cuenta siempre, la timidez de ser reiterativa o tediosa.

Pero bueno, a lo que iba, el baño y los vientos del sur de la Semana Santa.

Me doy cuenta que llevo mucho tiempo sentada escribiendo, y el huesito de la alegría duele un montón cuando no me paro por lo menos un momento y estiro las piernas, estas sillas sencillamente no tienen nada que ver con el tiempo de máquina.

Huyyyy… duele pero me enderezo, y comienzo a caminar lentamente. Ya no quedaba casi nadie en el piso, estiro todo el cuerpo y me doy cuenta que apenas he tomado agua y por eso no me urgía ir al baño, pero, ¡ya que me di un descanso, haría las dos cosas!

Tomo del refrigerador mi pomo y me lo empino casi hasta terminarlo, es cuando comprendo que por no levantarme me despreocupo de beber agua.

Camino ligera por el pasillo, pues cuando a uno le dan deseos de orinar es cuando tiene el baño delante, y casi corro, se sentía el viento soplar fuerte desde el sexto piso por las ventanas de cristal. La otra ala del edificio está en calma total, pues los trabajadores habían terminado su jornada hacia horas; sólo quedábamos los habituales.

Entro dando saltitos, logro zafar los botones del short, y finalmente me dejo llevar por el placer que todos sabemos, uffff, qué delicia. Antes de entrar había tenido la precaución de dejar abierta la puerta del baño para que no se cerrara con el fuerte viento, pero dentro de la urgencia de poner el cuerpo en orden, siento el portazo estremecedor, ¡que susto Josú!, se me quería saltar el corazón, pero bueno, a mucho ejercitar por estos días con esta nueva y cariñosa enfermedad que no me acaba de abandonar, trate de tomar el control de la situación con respiraciones cortas y lentas….

terminé, caminé suavemente hasta la puerta, tomé el picaporte desvencijado y viejo, giré a la derecha, nada, giré a la izquierda, nada tampoco, respiré profundo, me puse los espejuelos que andaban sueltos por el cuello, miro qué pasa, para ver si es que le estoy girando mal, y mientras más miraba menos veía (¡como es habitual en estos casos!!), y fue entonces cuando comenzó la canción en lo más profundo de mi mente…

…¡se me está quemando el almacén!,… es algo que me da mucha gracia después de haber conocido el cuento del tartamudo…. y resulta muy bobo para la ocasión, pero lo repito para darme alegría gratis, y espantar los malos pensamientos, entonces, allí, en aquel sitio, quedé completamente sola, me burlé de mi mala suerte, y saliendo de mi cuerpo y observándome a lo lejos, resultaba verdaderamente idiota y fuera de lugar, jajajaja…

pero los nervios son amigos de las locuras, y sólo se me ocurrió tararear varias veces la tonadita para darme aliento y burlarme de mi desgracia, pues estaría allí trabada dando patadas, o gritos hasta que alguien de mis amigos notara mi ausencia, y eso no me daba mucha gracia… la verdad, ¡ay Dios míooooo, líbrame de todo mal!...sácame del apuro!!!

Miraba a todas partes como buscando otra manera de salir de allí, por suerte las ventanas son de persianas inclinadas y no cabe ninguna parte del cuerpo, porque creo que el terror superaría la pena, y sacaría la cabeza pidiendo auxilio algún vecino del frente, pero nada, pateé, empujé, me recosté a la puerta al borde del desmayo, y nada…, la muy puñetera quedó hermética, sellada para siempre!!, por lo menos esa era la única idea que llegaba a la mente.

Como a los diez minutos, se me ocurrió agacharme y meter los dedos por debajo de la puerta y hacer presión hacia mí, pero ya esto al límite del desequilibrio y la pérdida total de la ecuanimidad, y de repente alguien de afuera empujó fuerte y casi caigo de nalgas por el impacto.

¡Que alegría tan inmensa!, no me lo podía creer, estaba rescatada!!!!, y al salir me di cuenta que solo fue por equivocación. Mi salvador, que trabajaba por un piso que ni le pregunté, me dijo que el elevador lo subió hasta allí, y cuando se disponía a bajar, sintió el pateo y la gritería, ¡qué pena!, pero qué bueno fue verlo, no lo abracé porque ya se alejaba a tomar nuevamente el ascensor.

Ya en el departamento, con ojos de sapo cuento lo ocurrido por culpa de los vientos del sur, y esperando un consuelo de mis colegas, arremetieron con risas y carcajadas…. y yo, casi al desmallar… OMG!!!!.

Pero ,¿qué les podía reprochar?, esas son mis fobias, algo más por lo que debo trabajar duro.