El Siglo XXI parece no llevarnos más lejos en la reformulación de la existencia. Esperando a Godot, nos viene a recordar que el aburrimiento de la vida está vigente y que la única escapatoria es alivianar la espera, con el doble sentido de nuestra cultura.

La puesta en escena, dirigida por José Luis Cruz se presenta en el Granero [VIDEO] hasta el 12 de noviembre

Cuentquienesa participación de Jaime Estrada, Gerardo Martínez Pichi, Sergio Acosta, Evaristo Valverde y Andrea Acosta.

Desde la Preparatoria se hace hincapié en esta obra de Samuel Beckett, un autor anglo irlandés, polémico heredero del pensamiento de James Joyce, Descartes, Jean Paul Sartre y Proust que mereció el Premio Nobel [VIDEO] al final de su carrera.

El escenario está vestido sólo con una rama que cuelga simulando un árbol. Los actores visten ropa andrajosa y representan la mendicidad con el matiz del cochambre propio de quien vive en la calle y no posee sino lo que trae puesto.

Hay efectos grandilocuentes de sonido que nos transportan a una dimensión aparte, donde se desenreda el discurso que comienza y termina en el mismo paradigma de Godot, sin que se entienda ¿quién es?, si es Dios o si se trata de un elemento simbólico que representa la muerte.

Loa actores aprovechan al público saliendo un poco de la densidad para generar algún entretenimiento o payasada, pero no se trata de una comedia y de hecho quién llegara a profundizar en la temática, acabaría decantado pues en conclusión, tanto la humanidad no lleva a ninguna parte, sino en el mejor de los casos a la decadencia o el vacío.

En el caso de la versión que adapta el guión para nosotros; lo patético se doma con la guasa y los actores nos permiten un rato ameno con un amplio repertorio de movimientos y aderezos a un diálogo que subraya aspectos filosóficos o teológicos de manera sutil.

No nos aburrimos; cuando baja el ritmo entre la relación de Didi y Gogo aparece Bozzo latigueando a Lucky y la estridencia del sonido levanta de nuevo la atención de un foro, saturado casi por completo.

Hay risas en el auditorio, incluso la trágica representación sado/masoquista, o del amo y el esclavo se desdobla y la actuación de Lucky simple y sencillamente nos extravía en un trance que va del horror a la hilaridad. Haría falta que le pusieran subtítulos, para que nos calara la gravedad de lo que testimoniamos.

Aquello que Beckett quiso transmitir ha sido tan masticado y vivificado por tantos sentires distintos en cuanto a lo que es el teatro, su función social y el modo como refleja un momento histórico, que ha sido superado por la vorágine del entretenimiento.

Los actores nos enredan con un juego cruel donde dicen lo que tienen que decir, incluso nos llegan a insultar

Pero hace décadas que nuestra tolerancia va por encima de la ausencia de un Dios y la consiguiente receta para la superación de la cotidianidad.

Más el estilo no borra de sí, un tipo de personaje que se ha explotado mucho en el cine de arte nacional, encuadrando a los marginales quiénes viven en la calle embebidos de suciedad, sumidos en el desprecio, en el hambre, la enfermedad, el agotamiento, la tercera edad y el peso de su cruz no los limita a bromear en lo patético de lo inevitable.

Nosotros somos los responsables. Si y no. La indigencia tiene un valor en si misma, desde un aspecto de desapego que alienta la contemplación de detalles en la personalidad de actores, que transforman la tragedia en algo entrañable.

Una niña sale a comunicarnos que Godot no llegará. De pronto Pozzo y Lucky cambian de lugar y la presión angustiosa provocada por un conflicto, que no se resuelve se nos olvida tratando de descifrar el significado de una crítica que evidentemente se hace a la actualidad, desde la plataforma del absurdo.

No hay muchas referencias de quienes participan, se hace mención del Festival Ollin Kan y de Zaro Producciones. Al final los Vladimir y Estragón dan la sensación de ser inmortales, en una fotografía de un mundo donde ya nada vale la pena.

El espectador no tiene la culpa directa del problema, cuando se entiende la impotencia del hombre ante sí mismo, por las dimensiones de una corrupción que originalmente nos redimía y ahora se duerme en la comodidad prometida del consumismo.