La fascinación que tengo por la palabra escrita es tan vieja como mi memoria.

La culpa la tuvieron esos libros que, sabiamente, acarrearon mis papás vía modestas mensualidades, y gracias a Grolier y a sus vendedores de puerta en puerta.

Una vez que llegaron los libros, flamantes, en sus cajas y bien ordenados, simplemente los dejaron ahí, sin reserva alguna, sobre aquella mesa chaparrita que fue tan moderna allá por 1970. Consigno ese último hecho, porque quizá, no lo sé, simplemente lo supongo, si los hubieran colocado en algún librero alto, o no los hubiera visto, o peor, no los habría alcanzado siendo yo un niño pequeño.

Y no es que mi stock de libros fuera enorme, ni siquiera mediano. Era más bien suficiente o, mejor dicho aun, estratégico. Primero, mi Atlas Mundial, una ventana al mundo y al universo físico, gracias al que pude ubicarme en él. Un logro nada menor para un niño viviendo en un pueblito. Mi Diccionario de la Lengua Castellana, por el que inicié el buen hábito de averiguar el significado de cada palabra que no conocía. Luego, infaltable, Mis Primeros Conocimientos, con su pasta dura color rojo, con 6 tomos que contenían 20 temas tan interesantes que consumí de inmediato, lo que me convirtió, durante mucho tiempo, en el propietario único de información sobre dinosaurios, fotografía, astronomía, etc. Luego, igualmente formidable, El Tesoro de la Juventud que, con sus 20 tomos, entre otras cosas, me introdujo a la literatura, al reino de las palabras, con el que expandí mi realidad hacia un universo en el que, a diferencia del que explica el Atlas, reinan las ideas, las emociones, la necesidad de trascendencia.

En este punto, tengo que confesar que, en un principio, llegué a pensar que con El Tesoro de la Juventud había leído a muchos de los grandes clásicos, cuando en realidad solo eran resúmenes, meras versiones condensadas. Nada que, al menos parcialmente, no se hubiera remediado más adelante.

Claro que eso me hizo un poquito fatuo, porque si el conocimiento puede tener ese efecto en un adulto, ahora a imaginárselo en un niño rodeado de otros niños que no leen. Pero, por otro lado, me proveyó de autoconfianza, me amplió mis horizontes, me provocó una permanente sed por saber y, regresando a la frase inicial de este texto, vio nacer en mí un amor por la palabra escrita.

Lo que ahora digo que es amor, en un principio fue respeto puro

La lectura concienzuda, apetente, me permitió, conforme fueron pasando los años, ir reconociendo el talento de aquellos que poseían un dominio sobre las palabras y el alcance que, según la forma y estructura en que fueran dispuestas, podrían llegar a tener, y más, el influjo del producto resultante sobre los lectores.

Ya fueran estos talentos, los redactores de aquellas enciclopedias, o mejor, los autores que empecé a conocer mientras sumaba kilometraje de lectura, terminé desarrollando, como ya dije, cierta sensibilidad para identificar al Maestro entre los artesanos de la palabra. Aunque también, debo reconocer que adicional a la calidad literaria, logré empatizar con los autores menores o, incluso, muy menores, y así, dimensionar y apreciar sus propuestas. De tal forma que yo, en un principio, no discriminaba, leía a un clásico, pero me daba el gusto de leer a Luis Spota o Taylor Caldwell o… ¡escándalo! Meterme en las historias chabacanas y románticas de El Caballero Audaz o de Corín Tellado.

Con el tiempo es que me hice clasicista, empecé a creer en una suerte de aristocracia de la escritura

Empecé a referirme como escritores, solo a los que habían pasado la prueba del tiempo o los que hubieran alcanzado ya una majestad y notabilidad en los cuatro puntos cardinales. De manera que todos los demás eran la rebaba, los asientos del té. De acuerdo esas ideas pretencioses y equivocadas, hice mía aquella frase lapidaria que le adjudicaba a Borges, ¿o era Alfonso Reyes? que decía más o menos así: “yo no leo nada que sea más joven que yo”.

Todavía hoy, no obstante que pienso que ya me he deshecho de esas ideas, cada vez que hay oportunidad de hacerlo, le escatimo méritos a J. K. Rowling y a su ya celebérrimo Harry Potter, contra la oposición fervorosa de aquellos, quienes sostienen que el maguito ya es un clásico, mientras le replico que antes tiene que pasar por la misma prueba que pasó Lewis Caroll, es decir, trascender al tiempo y las generaciones.

Sin saberlo, esta clase de prejuicios me marcaron negativamente

A fuer de creerlos, me convencí desde muy joven que, aunque lo deseara intensamente, nunca podría alcanzar ni siquiera un 1 % de magnificencia de los grandes escritores a quienes admiraba profundamente. Ese convencimiento fue suficiente para que durante los últimos 30 años no hubiera hecho un solo intento por redactar un cuento o cualquier relato, ya no se diga un proyecto mayor como una novela. Desde luego, en su lugar, permanentemente estuve redactando otra clase de documentos y escritos: reportes, oficios, tareas, investigaciones e, incluso, cuando tuve la oportunidad, otros con un poco de mayor intensión como pueden ser cartas, cartas a diarios, opiniones, discursos, etc.

Y claro está que ese primer diagnóstico no ha variado mucho, mis luces y dotes no han aumentado significativamente, sin embargo, hace ya casi tres años resolví que eso no seguiría siendo un impedimento para intentarlo, razón por la que empecé, gracias a las redes sociales principalmente, a ejercer el oficio de escribir, lo que para mí implica crear algo nuevo y compartirlo con alguien. Es cierto que me gustaría vivir de ello, lo que es muy temerario de mi parte, considerando a tantos y tantos con más oficio y experiencia, así que por lo pronto continuaré con mi Blog. Ojalá algún día, pueda escribir en revistas o diarios, intentaré concursar en pequeños certámenes e, idealmente, terminaré por fin mi novela aun en capullo, la que en el peor de los casos publicaré en algún blog.

Hasta ahora, la generosidad de ustedes, mis 4 únicos lectores, me dice que no voy tan mal. Falta pedirle su opinión a la realidad, que en estos casos suele ser inmisericorde con todo aquello que esté sostenido en el aire, en las falsas ilusiones y, principalmente, en la ausencia de un talento cierto.

Me despido. Como siempre, con ese extraño gusto por compartir sobre este proceso personal.