Estos tiempos, a diferencia de las décadas pasadas, me están resultando prodigiosos por el vértigo que me provocan con su cambio constante, con un ritmo machacante de transformación de las cosas a nuestro alrededor, tal así que, si nos concentramos, si realmente aguzamos los sentidos, podemos atestiguar paso a paso como, frente a nosotros, se van presentando nuevos horizontes, nuevas tendencias, signos inequívocos del futuro. Y esto mismo, por el contrario, si es que uno deja de poner atención por algún instante, es posible que perdamos un tramo importante de la historia, mucho de nuestra historia personal, de cómo se van quedando atrás verdaderos símbolos de un pasado que fue, en gran medida, parte de la escenografía del mundo tal y como lo llegamos a conocer.

El mundo sigue rodando, y cada día, a cada instante, se van generando los pequeños y grandes cambios que nos permiten ir perfilando el mañana. Hoy, cuando ya se habla de la desaparición del teléfono inteligente, ese en el que muchos nos afanamos por tener el modelo más moderno, desde hace mucho ya se discute sobre las características del dispositivo que lo habrá de enterrar para siempre. Y no son pocos los ejemplos con los que podemos seguir ilustrando este frenesí actual por transformarlo todo.

De esto que intento simplificar, tengo un ejemplo inmejorable. Si no, vean ustedes.

Día a día, ya ingresando en una fase agónica, es posible apreciar cómo la Televisión, ese artilugio maravilloso que nos ha acompañado desde siempre, esa fiel compañera que alumbró con sus pantallas, para bien y para mal, las distintas épocas de nuestro crecimiento y desarrollo.

Esa misma invención que nos distinguió y nos separó de las generaciones pretéritas, va quedando atrás, muy atrás, por esquemas de entretenimiento e información, más acordes con la inmediatez y eficiencia que nos van marcando las nuevas tecnologías y las características de los dispositivos que, ahora, son ya tan personales como un cepillo de dientes.

Esta estocada cibernética al que ya puede ser declarado “nuestro pasado”,

es tan notable, como el sabor de boca con el que se quedó el repartidor de hielo, a principios del siglo pasado, cuando se hicieron accesibles los nuevos refrigeradores o neveras. Claro, si hubo quien alcanzó a realizar la debida prospectiva y se obligó a evolucionar y, de esa manera, a sobrevivir. Pero también, otros que, no lo sé, ¿llenos de soberbia? Solo se han dedicado a observar cómo sus imperios se van hundiendo en un gran reloj de arena.

Al día de hoy, cuando voy a disponer del tiempo que poseo, para mi solaz y descanso, entre mis opciones, tendré que decidir si veré un programa en la televisión, buscaré algo en Netflix o Amazon, o, mejor aún, seleccionaré algún video en YouTube, donde hay una variedad profusa de YouTubers dispuestos a obsequiarme con 15 o 20 minutos de escenas y diálogos que, sin la parafernalia televisiva, sin una producción millonaria, son perfectamente capaces de arrancarme una sonrisa, una carcajada, o bien, obligarme a reflexionar sobre una variedad de temas que van de los más vulgar o superficial, hasta llevarme a profundidades kafkianas o vernelianas verdaderamente alucinantes.

Yo, en mi calidad de Blogger, no puedo más que envidiar a los Vloggers (así, con “V” de videos) porque ellos tienen la posibilidad de llegar más lejos con una imagen, que con la palabra. Ya ven, otro signo de estos tiempos.

Entonces, no es para nada absurdo que, en un momento dado, decida mejor sumergirme en el día a día de Olga, Antuan, Hugo y Marina, una moderna familia en España que, sin pretensiones ni artificios, nos comparten momentos de su cotidianidad, principalmente en medio de un difícil proceso de adaptación en el regreso a su país, después de haber vivido 3 años en los Estados Unidos. Allá donde los demás se arrellanan en su atalaya de privacidad, estos madrileños se proyectan con generosidad en la webósfera, seguramente movidos por sus raíces en el teatro y el medio artístico en general. (Aquí los pueden ver https://www.youtube.com/channel/UC4F6T0hYnP8lIvkj0Vf9hEA)

Otra de mis opciones preferidas es Luisito Comunica, un vloguero que suma ya 9 millones y medio de suscriptores, y que, con un estilo desenfadado y coloquial, me lleva a lugares del mundo y a situaciones que me divierten además de ilustrarme, modestamente quizá, pero, al fin, terminaré siempre aprendiendo algo. (https://www.youtube.com/user/LuisitoComunicaa)

Y, por último, no puedo dejar de mencionar a mi paisano Chumel Torres, quien, con el Pulso de la República, nos permite masticar nuestra triste y patética realidad política, social y económica, con las palabras y mentadas de madre que en otros sitios informativos no se permiten. Un verdadero ejercicio de quemar los malos espíritus, desahogar nuestras angustias y liberar energías contenidas. (https://www.youtube.com/user/elpulsodelarepublica)

YouTube y los YouTubers, como todo, tienen una oferta enorme de la que siempre, con el debido cuidado, podemos obtener lo mejor y más selecto. Ignorando, desde luego, la basura y desinformación que, lamentablemente, también se logra enseñorear en este sitio. He aquí pues, tres ejemplos inmejorables de cómo, este medio se ha convertido en otra opción legítima para invertirle nuestro tiempo libre.

En medio de esta vorágine de innovación, sin perder la capacidad de asombrarme, les envío un afectuoso saludo hasta donde estén ustedes, 4 únicos y queridos lectores.