Bordeando la frontera de las principales avenidas de Monterrey, quien levante su mirada por sobre alguno de sus hombros se encontrará con un edificio de llamativo color, al que muchos de los regiomontanos acuden de día o de noche para estar en paz con su alma, consigo mismos y con los demás, ya que la quietud del aire que sólo se respira en la cumbre de los cerros, hace que cualquiera alcance sosiego del trajín diario y se reencuentre atestiguando la inmensidad de la ciudad.

El Obispado de Monterrey, fue erigido como la casa de descanso y oración del fraile Rafael José de Verger quien, en 1779, traslada el Obispado de Linares a esta ciudad por considerarla más digna para la envergadura obispal y hace una petición al Municipio de Monterrey para que se le otorgue la cesión de la Loma de Chepevera.

Una vez que el ayuntamiento accede en 1787 al pedido, se inicia la construcción de lo que llegaría a ser el Palacio de Nuestra Señora de Guadalupe y que a lo largo del tiempo se convertirá en mudo observador de los procesos históricos que ha sufrido nuestra ciudad.

Conforme avanzan los años, la situación política de México una vez consumada su lucha de independencia, en 1821, se agrava como resultado de la pugna entre los sectores liberales y conservadores, lo que ocasiona que los Estados Unidos inicien una ofensiva contra nuestro país, la cual en su avance hasta la capital de México, enfila sus fuerzas hacia la sultana del norte.

La Intervención Francesa, la Revolución de la Noria y la Revolución Mexicana, en este orden, pasaron a demandar al edificio

Así, en 1846, las tropas del ejército norteamericano al mando del General Worth, logran entrar a la ciudad de las montañas e inmediatamente el Obispado se convierte en una de las principales fortalezas desde la que se combatió al enemigo, ya que los enfrentamientos suscitados en el puente de la Purísima, el Fortín del Diablo, la Ciudadela, el Fortín de la Federación y algunos otros lugares de la ciudad, no lograron neutralizar al invasor, quien mantuvo bajo su poder a Monterrey durante más de un año.

Por lo tanto, el buen uso del Obispado como pertrecho para los conflictos bélicos que tuvieron beligerancia en la sultana del norte, pasó a ser un motivo de importancia para que en los años posteriores a la invasión norteamericana, se siguiera usando con los mismos fines.

La Intervención Francesa, la Revolución de la Noria y la Revolución Mexicana, en este orden, pasaron a demandar al edificio conceptualizado como una casa de oración y retiro espiritual, lo mejor de su estratégica ubicación, para la defensa de intereses humanos alejados de los principios que sustentaron su construcción y que afortunadamente no lograron borrar de la historia de Nuevo León este importante inmueble, reflejo de una arquitectura de gran riqueza en forma y fondo desplegada hoy en día con toda su magnificencia.

Una vez que las aguas revueltas de la Nación se calmaron, y después de haber permanecido en el abandono por más de veinte años, en 1946 se rescata al Obispado iniciándose el proceso de su reconstrucción llevado a cabo durante diez largos años, entre los que se pensó cuál sería la nueva virtud que correría por los pasillos del edificio, que resurgía de los escombros físicos e históricos de un México, que para esas épocas, ya dimensionaba de una forma más clara su futuro siempre avante sobre la base de la paz social.

Por fin, se decidió que aquel edificio albergaría a lo más sublime de la cultura entre sus paredes, como un afán de prodigar a la razón en contra de lo irracional que resultan las guerras, en 1956 se inaugura como el Museo Regional de Nuevo León, acogiendo en sus espacios símbolos y objetos relacionados con el acontecer histórico del Estado como lo es la primera imprenta que trajo a estas tierras Fray Servando Teresa de Mier, pinturas con más de cien años de antigüedad en las que se plasmaron las figuras de personajes ilustres como el propio Fray Verger y demás piezas que simbolizan el desarrollo político, económico, social y cultural del Estado desde sus inicios hasta nuestros días.

En 1998, el edificio sufre la tercera de sus restauraciones teniendo como objetivo, el que se repusieran elementos de su arquitectura que en procesos anteriores no se habían completado, como la arcada exterior, a través de la cual los habitantes del área metropolitana de Monterrey pueden contrastar el pasado y el presente.

Ahora, el edificio se despliega a los ojos de los regiomontanos y sus visitantes, con la gallardía que se presenta un edificio que a través de su historia resguardó entres sus paredes episodios que dimensionaron los extremos más radicales de la producción humana, como la guerra por un lado, y la fe y la cultura, por el otro. Así como resultado de que su ubicación estratégica lo convierte en un mirador que presenta a la ciudad desde una perspectiva totalmente circular, nos lleva a pensar metafóricamente e interpretar al Obispado como un faro que de día y de noche ilumina la historia regia.