La Olivetti de mi padre

Carta del pasado de las letras / relato breve

"Esta mañana desperté con una tremenda angustia existencial. Por supuesto nada demasiado preocupante, ya que en lugar de pensar en vaciar el bote de ansioliticos, me dispuse a batir de mermelada de moras una buena rueda de pan de Tecomatlan. Lo pusé al fuego con una buena untada de mantequilla y preparé café soluble rascando el fondo del frasco.

Reliquias

Cuando terminé, la pena se había hecho menos. Entonces miré alrededor buscando fantasmas en el tejado. Una lata vieja de ‘Dr. Peper’ en el rincon, la foto de generación y el buho que menea los ojos con el andar del segundero.

Así lo contemplaba cuando la misma exploración me llevó al otro lado del cuarto, la puerta vieja de la bodega donde mi padre compulsivamente guarda tiliches oxidados. Tac, tac, tac, sonaba el buho. Tac, tac, no habia pensado en el tema de mi artículo para el semanario. Tac, tac, el sol que se escurría por los focos apagados del cuarto. Tac, tac, el bostezo que alejo de plano la angustia de ese dia libiano, y la puerta de la bodega como excusa para matar el tiempo.

La abrí. El polvo se elevó hasta mis narices. Tallé mis ojos con las primeras espesuras de lo viejo y olvidado: unos zapatos de futbol de piel marron que solo habia visto en los videos de ‘Pelé’ en el mundial del 58, una lata chiles llena de monedas viejas, tornillos, muebles de la miscelanea que algun dia me vio crecer y en lo alto de una cómoda repisa, se asomaba la ‘Olivetti’ que mi padre utilizara para hacer sus trabajos de contaduría.

Por supuesto que me emocioné, ya que aunque la conocia en la infancia, no sabía que esa maquina era la misma que aparecía en algunos relatos de Bukowski. Lleno de fantasía, corrí al comedor para hacer un cuento de ebrios venecianos.

El tac, tac

Tac, tac, el buho, tac tac, la Olivetti. Tac, tac, ni siquiera pasé de la primera linea por que me había equivocado. Cambié la hoja. La segunda línea era desastrosa. En minutos el suelo estaba lleno de hojas, y eso ya no me parecio tan romantico. De hecho me llenó de frustración, pude desistir en ese momento de mis aspiraciones a ser un escritor publicado. Tenía los dedos agarrotados.

¿Y Balzac?, ¿como diablos hacía para escribir a puño y letras 15 horas seguidas? Que valor, demonios, que hambre. ¿Y Bukowski? ahora entiendo su alegría cuando conoció la tecnología; la vez que su esposa le regaló una Macintosh y podía hacer relatos, poemas y novelas de forma mucho mas practica. Menuda pendejada, era derrotado ni siquiera por la falta de idea, sino por la perseverancia de los contemporáneos.

Me puse de pie, fui a las escaleras. Miré con recelo a la vieja máquina. Pasé a la cocina para beber un vaso de agua sin quitarle la mirada de encima. Se reia de mi la maldita vieja. Por fin la encare sentado del lado opuesto de la mesa, con sus hojas blancas simulando una lengua que hacía mofa de mi falta de pericia. La angustia tempranera había vuelto y ni el pan con mermelada ni alguna otra comida podría quitarme esa sensacion de nuevo.

Entonces me decidí. Lleno de convicción coloqué la última página y comencé a redactar. Con mucha entrega logré terminar el mejor de mis Haikus".