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Mares borrascosos

No cabe duda de que corren los tiempos en que las historias de amor trágicas deben ser netamente ‘adultas’, entiéndase, libres de elementos fantásticos; mientras que la ciencia ficción hace las delicias de un público que no termina por madurar, cuyo nombre es Legión, y que fagocita vorazmente por la vía audiovisual más cultura pop de la que sus cerebros pueden procesar.

Dentro de estas olas furiosas de banalidad rebosante de animación CGI, que se desvanecen al chocar contra el muro de lo inmediato y las modas efímeras; muy en el fondo, cual microorganismo tímido y probablemente destinado también a la extinción, viene nadando a contracorriente esta obra salpicada de duras y atemporales críticas al establishment social y a la psique colectiva de las mayorías.

En esta película, la visión de los vencedores se pone a prueba, y todo se reduce a retratar la incesante lucha de los marginados para triunfar consiguiendo algo que no se puede medir, no tiene precio y mucho menos forma: el amor.

Un balde de agua fría

Esta obra nos plantea el soterrado dogma social de que sólo quienes cumplen a pies juntillas con los cánones de lo socialmente correcto y la estética corporal pueden tener derecho a amar y ser amados.

En esta ‘oda a la otredad’, podemos identificar el arquetipo de ‘la sombra’, término que acuñó Carl Gustav Jung para referirse a aquella personificación oscura, que muy a pesar de tener mucho de nosotros mismos, es una representación temida y odiada porque refleja nuestras carencias de espíritu. En un contexto de Guerra Fría, donde la tensión internacional en que las bondades económicas y tecnológicas producto de la victoria en la Segunda Guerra Mundial no son suficientes para siquiera paliar la infinita soledad; el negro, el homosexual, el extranjero, el inválido; encuentran rayos de luz y esperanza en la compañía de corazones sinceros y solitarios, que subsisten bajo una premisa simple y lapidaria: “yo soy todo lo que tengo”.

El arte que fluye

Y precisamente hablando de rayos de luz y esperanza, que en cierto momento se presentan de manera literal, la composición en esta obra fue llevada a cabo con una meticulosidad artesanal y a la vez entrañable, y presenta ante nuestros ojos planos inolvidables, histogramas (conjuntos de color) perfectos y tomas que enfatizan aquello que cada escena pretende transmitir.

Asimismo, la música está puesta justo donde se debe y como se debe. El vaivén incierto del agua es perfectamente mantenido conceptualmente como hilo conductor de la película gracias a ritmos como swing, jazz, bossa nova y samba, que no hacen sino convertir prácticamente en un musical a esta conmovedora historia de ciencia ficción, demasiado estrambótica para ser una historia de amor convencional y demasiado humana para ser sólo un cuento de hadas.

Las actuaciones, sobra decirlo, son atesorables. A través de una extensa gama de expresiones gestuales con los ojos como epicentro, Sally Hawkins borda, más que interpretar, el personaje de Elisa Esposito.

No es casualidad que Guillermo del Toro [VIDEO] haya nombrado de esta manera a la heroína, que cumple con los cánones del héroe que comienza su existencia como niño expósito, es decir; abandonado. Esta figura arquetípica tiene referentes reconocibles en diversos mitos fundacionales, muchos de ellos con el agua como elemento dador de vida.

Dough Jones cumple, como ya es una costumbre, con su expresividad mímica que siempre encuentra un muy afortunado punto de acoplamiento con el maquillaje. Octavia Spencer mantiene el tono humorístico sutil sin dejar de fungir como consejera y protectora de la heroína. Michael Stuhlbarg realiza un papel que hace honor en todo momento a su naturaleza de apoyo, aportando un contrapunto de delicadeza que compone un tándem simétrico con la fuerza proyectada por el personaje de Hawkins.

Por otro lado, Michael Shannon es claramente presentado como villano de una manera un tanto obvia, con un contrapicado inicial que culmina en una expresión facial de arrogacncia, y que se mantiene en todo momento para luego derrumbarse al final de la historia, tal como sucediera con el odiado Capitán Vidal, a quien encarnara Sergi López en El laberinto del fauno. Sin embargo, el desarrollo del personaje muestra que sus motivaciones distan mucho de los fines que el malo tradicional persigue. Estamos ante una extravagancia que desafía la imagen idealizada del sueño americano de la post-guerra, donde el triunfador, hombre blanco y decente, padre de familia, heterosexual y profundamente creyente, se siente llamado a combatir hasta las últimas consecuencias contra todo aquello que ostente lo contrario a los valores que él enarbola. La condensación de todo lo que le disgusta, incluso al grado de considerarla una ‘afrenta’, es este anfibio antropomorfo, claro homenaje al Monstruo de la laguna negra, y que desde un primer momento el personaje de Sannon menciona con sorna que había sido venerado como un Dios en Sudamérica.

‘Él’ tampoco tiene forma

En este mismo orden de ideas quisiera destacar otra crítica importante que Del Toro deja caer de manera sutil. Me refiero a la antropomorfización e incluso monopolio del concepto de divinidad, muy propio de la mayoría de civilizaciones (sobre todo occidentales) que a través de la historia se han aventurado a ponerle a Dios rostro, naturaleza humana y contrato de exclusividad. Por ello, no pude evitar pensar en un contundente pasaje de la carta que el jefe Seattle, de la tribu Swamish le escribió en 1857 al presidente estadounidense Franklin Pierce en respuesta a su oferta de compra de tierras. A continuación reproduzco el mencionado pasaje de aquel documento, emblema incontestable del a veces denostado pensamiento animista:

“Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina y habla como él, de amigo a amigo, no puede estar exento del destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. De una cosa estamos seguros que el hombre blanco llegará a descubrir algún día: nuestro Dios es el mismo Dios.

Ustedes podrán pensar que lo poseen, como desean poseer nuestra tierra; pero no es posible, Él es el Dios del hombre, y su compasión es igual para el hombre piel roja como para el hombre piel blanca”.

Un manantial de virtudes

Todos estos elementos nos hacen pensar que el campechano y desenfadado director tapatío sólo se muestra de esta manera en los actos públicos, ya que este grado de maestría en el desarrollo de los personajes, componiendo una narrativa redonda, nos haría imaginarnos a un creador obsesivo y perfeccionista a lo Kubrick.

Como suele suceder en sus películas más ‘serias’, Del Toro ha vuelto a prescindir de sus freaks de cabecera: Ron Perlman y Santiago Segura, aunque hay un claro homenaje a este último y a una costumbre muy particular de su célebre personaje José Luis Torrente.

Ver llover y mojarse

Y nuevamente, con un esbozo de final feliz a manera de metáfora, La forma del agua [VIDEO] termina con notas altas y al mismo tiempo suaves. En ocasiones como esta, pareciera que el ejercicio personal de un creador comprometido con la oscuridad y la luz que habitan en él, resulta en un ejercicio colectivo, en la reflexión sobre lo efímero de la vida, la incesante búsqueda de un alma gemela, y el llamado al amor desde la trinchera del desconocido, no aceptado, y, por lo tanto temido.

Es difícil contar una historia sin elementos ya probados. Sin embargo, una vez más estamos ante innovación audaz en estado puro; agua fresca para saciar la eterna sed del alma a través de los sentidos.