Ha pasado un año desde que su presencia terrenal dejó de ser. Sin embargo, las brasas de sus letras de fuego arden con tal viveza, que es casi posible que aún camine a nuestro lado. Mientras entramos a una cantina, logramos una línea honesta, o simplemente, cuando vagamos por alguna calle con basura y farolas buscando una explicación a esta vida frenética, con algún escritor bajo el sobaco, que según él, era su mejor destino.

Debemos leer a Eusebio

Y es que la obra de Eusebio no requiere presentación, si tuvieras que explicar la grandeza del maestro, serias un tonto tratando de explicar la vida. La vida no se describe, se vive.

Ha Ruvalcaba no se le describe, se le lee. Así me pasó, cuando su literatura me encontró. En su líneas reconocí los arquetipos de una vida que hasta entonces me parecía extraña, que provocaba muchos conflictos.

Aquella mañana, la mañana del 15 de septiembre gozaba la resaca de un encuentro fortuito con mis camaradas de la universidad. Como Dante tenía trabajo, me dejó en el apartamento para que de a poco y sin obligaciones, volvier a mi ritmo a la calle. El silencio reinaba en un edificio donde todos trabajan por las mañanas. El ruido blanco arrullando mis pensamientos que provocaron cerrara los ojos un rato más. Un café y algo de cine para adultos en el televisor de paga. Batido en el sillón, con los pies fríos y la temperatura de quien vacío botellas del dia anterior, me dí un baño para activar los sentidos.

Fresco y con animos ya de salir a combatir el sol, giré por última vez el cuello husmeando en el apartamento de mi carnal. Cortinas viejas, televisor 4k, envases vacíos, y un librero con Victor Frank, Camus, Homero y otros de superación personal y taquigrafía. Entre ellos, ‘Un Hilito de Sangre’. Lo tomé. ¿Eusebio Ruvalcaba?, “¿No es este quien me recomendó, Mauricio Carrera en clase de narrativa?”, pensé. Estaba casi seguro, pero dudé aun así de mi poderosa memoria y solo lo comprobé, cuando pude, entonces si, revivir textualmente las palabras de Mauricio “Debes leer Un Hilito de Sangre”. ¿De quien?, le pregunté. Eusebio Ruvalcaba. Todo esto, por que había presentado un desastroso cuento de un asalto en un microbús y un linchamiento.

Me lo chingué. Tomé el texto del librero de mi camarada y me lo llevé. Sabiá que él no leía, que eso libros era un accidente en su departamento, pero aun asi confirme con un mensaje de texto. Esos libros eran de su madre y estaban ahí con la esperanza de que invirtiera de mejor forma su tiempo libre.

Tuve que esperar un par de semanas más para encontrarme con Eusebio, primero por que tenia un texto pendiente y despues por que mi hermana había sido seducida por él y lo tomó de mi estantería. Cuando se es un novato o un insensible, o un imbécil gregario se puede ser un imprudente. Ese era yo en las primeras líneas de aquel libro. No daba credito de algo tan simple, tan ligero y libre, y que, como no había pasado antes, cómico, hubiera ganado el premios Agustin Yañez. Era entonces un lector novato y no comprendía que precisamente en la voz de un chico de 13 años, con tal naturalidad y dinamismo, estaba la maestría de Eusebio. Además de ello, los trucos y el lenguaje tan originalerrímo, era algo sublime.

La verdad es que no descubrí esto a primera instancia. Pasó lo que pasa con las grandes obras, de pronto te encuentras sumergido en un un mar de placer y armonía de forma tan inconsciente, que lo único que debes hacer es flotar y sentir el magma de la vida. Me senté en el regazo de un árbol, tomé camiones para llegar al trabajo, fue conmigo a otras borracheras y en cada uno de esos momentos sentí que alguien custodiaba mi espalda. Cuando llegó el final, el final de la bicicleta y la vuelta a casa, fue mi primera consternación con un texto. Cuando la última hoja es historia y al cerrar el libro, eres otro. Cuando tu vida ha cambiado para siempre. El deseo de llorar coronado por la nostalgia y al mismo tiempo el hambre de correr calle arriba elevando los brazos con la fortuna de saber que ahora tienes un peso menos sobre los hombros.

Con naturaleza me encontraba navegando en internet tratando de encontrar la imagen de Eusebio, busque entrevistas y lugares donde poder leerlo. Entre tanto me encontré con un interrogatorio- charla que le hizo Daniel Barragán, estudiante de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. En ella, pude entender la idea de la literatura de un ser que vivió de y para las letras de forma auténtica, sin atavismo ni falsos clichés. En un mundo donde todos buscan identidad y vocación, esta lleno también de estereotipos y poses. Es frecuente encontrarse con músicos que no conocen a Wagner, pintores que no saben por que Picasso se daba el lujo de romper las reglas y escritores que no sufren la palabra. Ese no era el caso de Ruvalcaba. Me dolió cuando dijo que no le gustaba Cortázar más que en “El Perseguidor”, pero entendí que hay que esgrimir argumentos y que incluso en ese momento, negando el gusto, no se negaba la grandeza del mismo.

Con tristeza y por el mismo Mauricio Carrera, supe de su deterioro físico. Supe también que se repuso y que inexplicablemente el 7 de febrero de 2017, habia dejado este mundo. No daba crédito de aquella pena que llenaba mi pecho, y solo puedo explicarla con el paso del tiempo con la idea quebrantada de algun dia poder conocerlo.

El tiempo siguió y con él mi peregrinar por las letras. Empapado de su genio, me entraba hablando con frecuencia de Eusebio en cada oportunidad, así pasó en clase de dramaturgia con el buen Eduardo Villegas Guevara. “¿Te gusta Ruvalcaba”, me preguntó, y desde entonces pasábamos ratos largos en charlas donde “Lalo” me compartía anécdotas al lado del maestro en Nezahualcóyotl [VIDEO]. Además de ello, me dio un par de regalos que atesoro hasta el dia de hoy: el primero una revista en su memoria con un texto inédito y anécdotas de su círculo cercano, y el segundo, y el más valioso para mí, nos invito la tarde de un domingo a tallerear textos en su entrañable editorial por prepa 1, en Toluca [VIDEO]; un cuartito de libros amontonados y olor a papel y tinta. Mientras terminamos de repasar la maqueta de mi primer borrador, “Lalo” me dijo: “aquí, y particularmente ahí donde estas, Eusebio echaba trago”, incluso nos mostró algunas botellas a manera de vestigio de aquellos encuentros entre alcohol y letras. Esa tarde floté.

En lo siguiente, me empapo con cautela del maestro. Lo escucho y leo en sus manos exquisitas o en la voz de quien lo conoció, pero con el temor constante de saber que no está más, y que si bebo su vino de un jalón, será en adelante una necesidad que ahora ya no podrá ser saciada. Cuando tengo la oportunidad no dudo en ser el promotor de su obra, que según entiendo, y como pasó con el también desaparecido Jacobo Díaz, es el mejor de los homenajes.

Como en todo lo anterior, con Eusebio llegué tarde. Pero no lo suficiente para no poder leer el texto en la Universidad Autónoma del Ciudad de México, campus Cuautepec, donde los mismos que realizaran aquella valiosa entrevista, considera que es mi cuento “Mujer de una extraña especie”, es digno de ser leído para celebrar la inmortalidad de Ruvalcaba.

Una charla constante

¿Que si me hubiera gustado conocerlo? Claro que si, ya lo dije, lo añoraba, lo esperaba, suponía eso como natural. Llevo ese lastre siempre que alguien se deja envolver por las llamas de sus líneas. Pienso también que eran tantas las coincidencia, que lo único que falto, fue más tiempo. Sin embargo, siento una charla constante entre Eusebio y yo, en cada libro, columna, anécdota, pieza y entrevista. Y, aunque esto no pasara, soy por inercia de su voz en su obra, un de sus alumnos, y deseo con todas las fuerzas que desde haya donde el se encuentra, sepa la profunda admiración que en mi provocó y que gracias a él se escribe con tesón, honor y verdad, haciendo que la palabra sangre, las lágrimas broten y el brandy perfume el papel.