Con el río de Las Estacas cual cómplice, diez personas del staff prepararon el doble set de percusiones, para que el que pudo haber sido un “niño banda” de no ser por la música, Kamasi Washington [VIDEO], sonara su último EP: Harmony of difference. El olor a mariguana se manifestó sin disimulo, mientras el público bailaba las rolas de Bruno Mars que estaban de fondo. La oscuridad de la noche se encontraba en todo su esplendor.

El guardia de seguridad no lo pensó dos veces: aprovechó para de pie, recargado en una de las bocinas, echarse una pestañita. Al escenario arribaron el bajista y el tecladista. Presurosos cargaban en la espalda sus respectivas mochilas, parecía que habían llegado con prisas.

El saxofón de Kamasi no se presenció hasta que dieron las 8:40 de la noche.

“Buenas noshes”, se escuchó en el micrófono, era Kamasi, quien vestía una túnica color negro brillante con azul, como ya se le caracteriza. Para el adorno del talí en esta ocasión en lugar de medallones, portó un collar de tejido huichol.

Las primeras notas de ese sonido redondo y potente, agresivo pero sutil a la vez entraron a los cuerpos de los que decidieron ingerir algo de éxtasis. Las gotas de los que eran posiblemente orines mojaron a los medios que intentaban capturar con la lente el místico momento.

Kamasi unificó al público. No importó si era el más hipster, el más jazzero o el más fresa. Todos bailaban al ritmo de sus growls ácidos y estacatos precisos. “Estás cabrón, carnal”, gritaron los millenials.

Otros aprovecharon el concierto del hombre de piel morena para planear cómo iban a regresar a la Ciudad de México, porque entre tres, aunque acababan de conocerse, iba a ser menos complicado.

La pintura de los que se maquillaron la cara, brillaba. Parecían pequeñas luciérnagas fluorescentes. Los shorts despampanantes y desgarrados de las chicas piernas inquietas se movían de un lado a otro. Todas las miradas de los jóvenes y no tan jóvenes estaban en el escenario.

Observaban a la corista de la banda, quien alzaba las manos cada que cantaba, parecía que rendía homenaje, a la vida, a la música, al simple estar. La fusión de su piel canela con el vestido del mismo color era un como un integrante más de la agrupación. Cada que realizaba los coros fruncía la nariz y su afro ya no era intacto.

“Es muy sensorial su música”, repitió una de las escuchas más de cuatro veces. El guardia de seguridad despertó atónito de las vibraciones sonoras del saxofonista. No perdió el tiempo y aprovechó para fijar sus ojos oscuros entre los escotes de las chicas.

Los que conocían la música de Washington esperaban el claro de luna; sin embargo, nunca sonó. Una de las cosas inesperadas de la noche se hizo presente. "Ahora escucharán una conversación", indicó el músico luego de tomar el micrófono con seis anillos adornando sus dedos: elefantes o simples argollas se movían cada que digitaba las llaves del tenor.

El solo de uno de los bateristas con baquetas anaranjadas brillantes retumbó en todo el escenario principal, lo que pudo parecer una guerra de talentos se convirtió en una charla entre los dos percusionistas.

Kamasi cerró los ojos, hizo presión en los labios y aprovechó para colocarse la protección en los dientes para que la boquilla no le lastimara. Miró al trompetista, a su padre (sopranista) y al tecladista: todos entraron al mismo tiempo, al unísono, para despedirse aunque les pidieran “otra, otra”.

Luego de una composición del tecladista dedicada al amor, todos se abrazaron, el sonido de los alientistas se convirtió en notas de azúcar, dulces y limpias. En el escenario se proyectaron soles, lunas y estrellas, partícipes del viaje astral al que transportó Kamasi a los escuchas, quienes presenciaron algo que es raro en los festivales: que sonara jazz contemporáneo en la hora estelar y no algo “mainstream”, como se acostumbra.