Con la lluvia de julio y las mañanitas al ritmo de las cuerdas de tu guitarra durante mi extraordinario comenzó todo. La primera cita acompañada de café ácido que recorría nuestras gargantas mientras decíamos: ¡salud!

Las primeras cervezas con sabor a Jimmy Hendrix, tu pena y mis ocurrencias. Todo iba a llevarnos al encuentro de nuestras pieles: cómo olvidar tu mirada almendrada , la curiosidad o el deseo al desnudarme mientras tu lengua jugaba con mis pezones.

Ya entre mis piernas la aventura [VIDEO]se condensó. Empezaron los viernes [VIDEO]largos saboreándote a mordidas. Al llegar el quinto día de la semana, sin decir nada, sabíamos que teníamos una cita entre sábanas.

La noche fiel testigo.

Para agosto y septiembre las sospechas entre tus compañeros de trabajo se hicieron presentes, tal vez notaban que no dormíamos en las noches ¿y qué? Los juegos en la regadera mientras me enjabonabas la espalda eran los únicos que importaban.

Inventamos palabras, los nueve años de diferencia no se espantaban, aunque era lo que deseaba, que huyeras porque comenzaba a encariñarme. Actuaba como niñita y te quedaste.

Cada vez me integraste más en tu vida, me presumías con tus amigos y algunos familiares. Me entró el miedo: ya te veía perfecto. Con todo y temores no corrí.

Mis celos a escondidas en noviembre se ocultaban en una obra de teatro, logré que a tus 32 años te pusieras un disfraz para Día de Muertos.

Conciertos de jazz, tu cara de enojo cuando alguien intentaba acercarse te delataba.

El temor a perderte me estremecía.

El año terminó con largos trayectos, tu soledad para Año nuevo y mi cero interés por saber qué éramos, solo quería que siguiéramos siendo.