Estamos atrapados en el lugar común. A veces el aburrimiento nos impulsa hacia la libertad de buscar un libro. En el presente podría cuestionarse, con base a la evidencia, si lo preferible era no conformarnos con la propiedad de un pedazo de la cultura, sino asistir y ser parte de la misma.

Entre más podamos integrar nuestro mundo de las ideas, mejor preparados estaremos para enfrentar decisiones extremas, en cuanto al número de habitantes que se pueden alimentar sin que se colapse el sistema.

Los Bienes Culturales deben ser y no han sido siempre optados como solución; aunque históricamente no se invierte en tanto como en otras áreas de la administración pública. Si hemos de orientar a México, que sea entorno a sus libros impresos, lo mismo que a sus bellas calles en el centro histórico.

Si el camino sociológico fuera necesariamente el crecimiento y el desarrollo algo obligatorio, entonces crecería también la industria de la imprenta, más todo apunta a lo contrario en una época parada sobre del teléfono celular.

El asunto es que México por fin está alfabetizado y ahora más que nunca se vuelve necesario distraer a millones de viajeros que increscendo, en el mismo ideal moderno, buscan hacer turismo visitando sus centros para compartirlos con toda la familia.

No se menciona en las campañas electorales, pero siempre vale la lectura como fuente de ingresos; de hecho hay más de un vivo que se la gana sólo haciendo eso. Lo de hoy viene complementado con multimedia, y ello explica el valor de libros que fueron publicados en el albor de la evangelización.

Museo del Estanquillo

Tal vez la lógica en la perpetuación de nuestros imagos vaya cambiando, en este caso queremos recomendarles la colección que exhibe el Museo del Estanquillo en la calle de Madero.

De los cientos de museos que hay, sin duda el edificio boutique joyero del SXIX, que a fines del Siglo pasado hubo sido burocrático, bancario y hasta antro, se transforma para acomodar los libros Monsivais, que nos identifican a todos en el mismo perfil cognoscitivo.

No digamos la cultura que uno hace al caminar por esa zona, punta de lanza en políticas de peatonalización y el refinamiento de un pasaje donde se aglutinan, no solo los palacios de la buena época, los templos y las plazas, sino cada una de las marcas de ropa, que nos posicionan como una de 10 mega ciudades del mundo.

La "Bibliofilia de Monsivais" de abajo arriba hace el cuento de la historia. No se escatimó en vitrinas para desplegar cada joya de un tesoro, tan reluciente como desconocido.

Empezando por los códices, los libros incunables, las pubicaciones Virreinales y las cartas de la Independencia. La Grandeza de México se refrenda con el conocimiento sólido de aquello artesanal, que nos separa de otros cuerpos geográficos

La transición entre las letras y el libro de arte del segundo al tercer piso, nos sitúa en el presente de Monsivais, el coleccionista amiguero, que según se aprecia estaba metido en todos los moles.

Cada pieza luce abierta en una página, dejando el resto al imaginario.

Luego en la terraza, el enclave entre palacios, nos hace pensar en lo que nos espera cuando los libros y las colecciones del estanquillo vuelvan a su resguardo como recuerdo simbólico de una era de papel, cuya posesión garantizaba los preceptos mismos de la constitución.

Caemos seducidos por saber que tanto se ha escrito y queda detrás del vidrio. A modo, unas fichas van dando pauta a la orquesta de plumas, papel, tipografía y método de imprenta.

Caricias con caricaturas

Monsivais nos acaricia con caricaturas, publicaciones monumentales, portadas imperiales; todo en plan no tocar. ¿Quién encuentra ahora objetos tan curiosos que aveces rayan con la fantasía?

Las técnicas industriales han perfeccionado un proceso que se observa y describe los intereses más particulares que tenía Don Carlos, en cuanto al modo como habrá imaginado la exhibición de un Patrimonio que confirma nuestra identidad.

Mediante un Fideicomiso público, un puñado de entidades oficiales, conservan el edificio de la Esmeralda y el valioso acervo, que se va administrando para sorprendernos en cada momento con la obsesión de juntar cosas, que padeció alegremente el famoso intelectual.

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