Aún puedorecordar con cierta nostalgia aquellos tiempos donde todos los Niños de lacomunidad se reunían a jugar a las canicas, siempre uno tratando de llenar másla talega con el botín obtenido de los otros, valiéndose de los cortos o el“hay con todo” o el “limpias”; cómo norecordar esas competencias de trompo o los clásicos baleros; las retas llanerasde fútbol donde todos corríamos detrás de una pelota de hule que de una patadano lograba avanzar más de cinco metros porque el viento la regresaba.

En verdad que todo esto, alrecordarlo me llena de nostalgia y un cierto halo de tristeza. Con la llegadadel siglo veintiuno y la inserción de la tecnología a nuestras vidas diarias,ahora recorro las mismas calles que antaño y puedo darme cuenta que los niños,en vez de jugar como antes, se encuentran inmersos en una pantalla táctil quelos retrae de toda su realidad, aislándolos, cortando todo posible lazo de comunióny comunicación que los lleve al enriquecimiento espiritual.

Sin embargo, el asunto no para ahí,debido a toda la información a la que nos acercan esos aparatos tecnológicos,podemos darnos cuenta de todo lo que ocurre alrededor del mundo, una realidadvirtual sin censura dónde la deshumanización es lo más importante, llenando lascabezas de los niños de ahora con imágenes violentas y desinhibidas,acercándolos más y más a lo que “no debería ser”.

Los juegos entonces dejan de serinocentes como lo eran antes, se trata de copiar patrones de comportamientoporque se cae bajo el falso supuesto de que “si se hace público no es malo”,pero es precisamente porque la violencia se ha convertido en algo tan naturalpara nosotros que nos estamos acostumbrando a verla en todas partes.

Quizá estaes la razón por la que hechos como el acontecido el 17 de mayo en la comunidadde Aquiles Serdán, Michoacán, se vuelven cada vez más frecuentes.

Christopher Raymundo, un menor deseis años, fue torturado y asesinado por otros cinco menorescuando trataban de simular un secuestro como parte de un juego “común ycorriente”. De los cinco menores implicados, sólo dos de ellos serán juzgadospor contar en el momento de su detención con 15 años; los otros tres, quedanbajo tutela del Estado.

Es claro que este tipos de actosevidencian la ineficacia de los valores familiares que deben de ir encaminadosal amor y al respeto hacia la vida de los demás; estos menores, quienes estabanconscientes de lo que cometían, sabían perfectamente el daño que querían causar;la inocencia de la que se veía revestida la infancia es claro que en estostiempos violentos ha dejado de brillar. No basta con los crímenes que secometen día a día por personas desalmadas, sino que ahora también los quedeberían de ser el futuro del mundo,cometen actos malvados en contra de sus hermanos.

He ahí porque al tiempo que sientonostalgia también me invade una grande tristeza; ¿dónde han quedado esostiernos niños que se reunían a echar la cascarita vespertina una vez queterminaban sus tareas escolares? ¿Podemos culpar a la tecnología y a todo elflujo de información con la que se les bombardea a los niños de actosdespreciables como el manifestado aquí? Esta segunda pregunta quizá cause muchorevuelo, pero creo que valdría la pena sentarnos a reflexionar y hacer algopara evitar que casos como el de Christopher sigan dándose.

Por amor a la vida ya nuestros hermanos, salvemos a los niños.

¡No te pierdas nuestra pagina de Facebook!!
Haz clic para leer más