Si usted es de eso románticos que no desean hacer gastar a su familia un dinero que no tienen, no dar más lata después de muerto y vivir libre como gaviota, ya se quedó con las ganas.

La Iglesia Católica ha decidido prohibir que las cenizas de los fallecidos permanezcan en el hogar, se conviertan en joyería, ositos de peluche, tatuajes, o sean esparcidas en la naturaleza.

Lo curioso del caso es que la recomendación pide que los restos sean depositados en un cementerio, un lugar sagrado como una iglesia o en cualquier área que designe la autoridad eclesiástica competente.

Casualmente con el consabido pago de derechos.

Así que si usted conoció en vida –como yo tuve la fortuna-, de conocer una playa virgen de arena fina, bañada por el agua de mar color azul turquesa, en donde cada 28 días se ilumina con la luz de la luna llena y desea que sus cenizas sean esparcidas en ese mar para disfrutar de la quietud, paz y libertad que siempre ha deseado para su vida eterna, como dijera la bruja maldita “ya chupo faros”.

Pero si se anima a solicitarlo y sus familiares le cumplen el deseo, tendrá que vivir en ese paradisiaco lugar, en pecado eterno.

Ni modo, seremos pecadores.