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Las experiencias en común nos hacen mexicanos. Nadie puede revertir el efecto de las elecciones. El espíritu de la renovación del cambio de protagonistas, de saldo y auditoría nos acoge a todos por igual. El dispendio de la comunicación siempre ha sido a fin, con el negocio de la democracia.

Opino que en lo particular, como nación, nos unen algunos sentimientos básicos que pertenecen al sentido común en una proporción de ajuste con la tecnología que mejor conviene. Compartimos un logo universal por las jardineras, lo mismo que por los bulevares y las glorietas.

El orden urbano que heredamos como una imposición, es más antiguo que los Romanos y en varias generaciones lo más adecuado para el hombre sigue remitiendo al contexto de una belleza o estética, que conviene en fundir el placer de la arquitectura al lugar donde vivimos, el tejido de sus calles y el compromiso teórico de sus vecinos.

Complicada tarea embellecer algo tan manoseado y complejo como la Ciudad de México. Admito que no se acaban las sorpresas y halaga saberse mexicano auténtico, cuando compartimos la interminable necesidad de hacer mejoras, aunque sea necesario esperar 20 años para que la máquina del progreso se acerque hasta la ventana.

Esto es así. El pueblo se vuelve ciudad y uno debe vivir en el mismo espacio que se comparte densamente con diversos tubos que conectan los sistemas de agua y drenaje, a veces el gas, la telefonía y teóricamente la electricidad también. Convivimos además en el andador con distintos arreglos que distribuyen el uso de cada metro de la vía pública.

Piedra volcánica

Ello sobre lo que caminamos que puede ser muy fino como un mármol o una piedra volcánica, o de concreto o asfalto es sólo una capita muy exterior, 90 veces más delgada que el agujero por donde corren todos los servicios...

o casi todos...

La remodelación de la ciudad va paulatinamente. Esto da empleo permanente a una serie de especialistas encargados de desmontar y volver a montar las calles. Nos hace contemporáneos compartir la misma experiencia.

La CDMX ha vivido varios sexenios impulsando obras que causan molestias y aún no se coordinan los esfuerzos de los distintos encargados públicos y privados, para bajar los cables al subsuelo y así darle la vuelta a la tortilla del barrio.

Faltó medio milenio para que las autoridades regresaran al plan original del drenaje y la tubería del agua. Zamora [VIDEO], por ejemplo, en la colonia Condesa, se desmontó hasta los cimientos, si bien nadie sabe si un poco más abajo habrá un agujero y no algo sólido como nos imaginamos.

Complicada tarea hacer y deshacer calles. Sólo de Escutia a Veracruz se hizo un hoyo como de 3 metros de profundidad. Una troca que le llaman Catterpillar rasca y levanta la tierra, otro mueble va rompiendo la capa exterior.

Se llevan la tierra y un mes después traen rápido una cantidad formidable de piedras con las que esperan resolver el problema del hundimiento.

La magna obra comprende una sección entera del tubo nuevo del agua.

En este Siglo, el plan debería ser combo para coordinar a cada proveedor [VIDEO] de servicio con su lugar determinado y uno muy especial a la luz. Con esa profundidad ¿costaría muy caro añadirle un sistema de cabinas subterráneas?.

Pero la noticia es que no hay tal coordinación. Los tubos de cobre se quedarán enterrados y quedará aparte un material tipo hule, mucho más contemporáneo. Todo va a quedar bien, nadie coordina con nadie y no hay un medio predeterminado que informe a los vecinos.

No está lejano el día en que se necesiten hacer segundos pisos, ductos y estacionamientos subterráneos. Por lo pronto, a nuestra calle le han dado 3 capas de tierras de distintos colores, entre amarillos, rojos y negros.

Más adelante veremos el tema de las jardineras en lo que se decide si se amoldarán a nuevas estructuras de metal que acoten su crecimiento. No se habló del parquímetro, ni del material que irá hasta arriba o si se puede cambiar la pintura.

El Siglo XXI exige que participemos en la configuración de un cambio que permitiría bajar las líneas de cobre, pues es además horrible la vista que genera el caos de postes y tostadores compitiendo por el mismo aire. No hay coordinación con la cultura y no se ponen tampoco obras de arte.