"Y nos dieron las diez y las once, y las doce". Sonaba Joaquí­n Sabina un seis de julio, pero de 1992, en los alrededores rosas de la vieja Clí­nica 60. En punto de las siete de la noche nació una niña pequeñita, muy pequeñita: se adelantó a ver la luz y oler el smog a los siete meses luego de estar en la blanca panza de su madre de ojos color miel, Elizabeth. Pesó un kilo con 725 gramos.

-No va a sobrevivir. Dijo la doctora Ana, mientras Danielle Mitterand, la primera dama francesa resultó ilesa en un ataque terrorista, en Irak; esa mujer delgada, ojerosa y preocupona de "la 60" decidió que la niña del tamaño de un puño no podía morir sin nombre.

Así­ sin más, la bautizó como Mariana. No sabí­a que 20 años después firmaría sus escritos como Mitzi Vera.

Mitzi, como ahora prefiere que la llamen, tuvo una infancia sencilla ante el pronóstico del cardiólogo. Los médicos decí­an que solo vivirí­a hasta los cuatro años de edad porque no se le había cerrado bien una arteria del corazón débil con agujeros. Desde ahí­, la niña con cinco lunares en la cara y espí­ritu inquieto quedó en la memoria de muchos porque mágicamente se curó.

- ¡Termí­nate la sopa aguada!, años más tarde, la regañaba siempre su abuela rizos plateados con dientes de oro por tanto vicio. Lo único que la nieta quería era correr a leer. Primero se aprendió la vida de Ana Frank y luego la de Frida Kahlo. Mitzi era una niña sola pero bien acompañada por la mamá de su papá, Eva.

En la primaria siempre la mandaban a los concursos del niño escritor. Era la típica aplicada en español con seis en matemáticas. Así hasta que llegó a la secundaria y decidió que sería cuando fuera grande: periodista o músico.

Desde que tenía 13 años empezó a estudiar música, pero fue hasta los 16 cuando descubrió el instrumento curvo y frío (saxofón). A la par escribía y escribí­a ya también escribía.

Su inquietud por el arte crecí­a. Era como una esponja que deseaba absorber todo lo que se lo ponía en frente. Iba a clase de danza y de teatro experimental con Alfonso Riveryo, el mayor exponente de esa disciplina en México.

- ¡Se droga ese profesor!, decía Elizabeth cada que iba a una función de fin de curso. Digamos que no comprendí­a bien el performance y lo que veía en el escenario.

Los siguientes dos años, las peleas familiares eran solo por una razón: Mitzi tenía que estudiar una carrera universitaria y ella quería ser historiadora de arte o periodista. Miedosos los padres con mente de dinosaurio decidieron que la segunda era la mejor opción "porque le darí­a más dinero".

- ¿Si quieres ser periodista?, preguntó la alta Araceli Yepes, asistente del Centro de Estudios Universitarios en Periodismo [VIDEO] y Arte en Radio y Televisió [VIDEO]n cuando Mariana fue a pedir informes.

Ya ahí­, por cuatro años fue la que salí­a de clases para, a escondidas de sus padres, estudiar música en el Instituto Nacional de Bellas Artes. Fue la de cabello rosa que entregaba todos los trabajos sobre la fuente cultural pero a la vez, no dejaba pasar las injusticias como los feminicidios o asesinatos a periodistas.

Desde sus inicios en la docencia tiene necesidad de prepararse más y aunque no pudo entrar al diplomado en cultura porque cerraron su universidad.

Agradece todos los días hacer lo que le gusta. Sabe que tiene una gran responsabilidad porque el oficio necesita gente especializada y capaz de interpretar lo que ve cada que va a una exposición. A sus 25 años de edad ama ser periodista cultural más que otra cosa y aunque no ha sido fácil y no hay opciones educativas en México (solo la Carlos Septién), ¡qué hermoso es!

#Biografía para la Fundación Gabriel García Márquez de Nuevo Periodismo Iberoamericano. #2018