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A tan sólo unos días de que AMLO se convierta en presidente de México, se empiezan a sentir los primeros síntomas de la reacción natural mexicana hacia aquellos en el poder: disgusto. Pese a una arrolladora victoria en las elecciones, Andrés Manuel no está exento de críticas y reclamos tanto de la iniciativa privada como de los ciudadanos más comunes de la población. La muy controversial cancelación del NAIM puso a AMLO bajo el reflector y mostró que su modus operandi será uno basado, en gran medida, en las consultas ciudadanas, las cuales son indudablemente un producto de la democracia.

Pero, ¿qué tan benéficas son para una sociedad tan voluble e insatisfecha como la mexicana? Decisiones cruciales dejadas al capricho popular de personas no necesariamente especializadas en el tema en cuestión, sin los conocimientos necesarios para calcular las repercusiones de ese y cada proyecto.

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La sofocracia parcial que nos brinda la democracia mexicana actual, fundamentada en la idea utópica de que cada servidor público obtuvo su puesto y rige gracias a un nivel de especialización y un estándar de conocimiento en los que se apoya para gobernar, se ve sustituida por la inclinación a satisfacer las demandas de las masas, las cuales desafortunadamente en México, en promedio, no cuentan con un nivel educativo idóneo. El político populista que busca satisfacer al pueblo se ve en la encrucijada de los padres primerizos, donde se pone en la balanza lo que hará feliz al infante en el momento contra lo que lo beneficiará a largo plazo.

Sin duda alguna la mayoría de los proyectos e instituciones que AMLO ha tomado como objetivos de análisis, están plagados de corrupción, y es responsabilidad del tabasqueño drenar el pantano que ahora lidera.

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Es innegable la necesidad de regeneración que se necesita en la nación, así como la buena voluntad en que la agenda filosófica de MORENA está basada. La victoria de éste partido sobre la hegemonía anticuada y autoritaria del PRI, sobre el tibio derechismo e inexperiencia del PAN; supone una verdadera oportunidad de cambio. El pueblo mexicano ha visto por primera vez desde la revolución que un cambio radical si es posible; ha visto que la democracia del país aún funciona aunque de manera limitada.

Esta “cuarta transformación” no es la victoria de AMLO, sino lo que supone. El pueblo azteca reclamó parte del poder que le fue quitado, o que más bien nunca le fue dado en totalidad; y con este poder viene la responsabilidad de mantener la autoridad sobre la alternancia en Los Pinos. México atraviesa una situación nueva para sí mismo y para AMLO; no es extraño que se tomen decisiones precipitadas y radicales, ya que estamos recobrando la capacidad de autodeterminación, y como toda sociedad, debemos aprender a prueba y error.

Por ahora, se debe mantener un optimismo cauteloso y una vigilancia constante de aquellos que, abiertamente o en secreto, traten de reinstaurar los partidos obsoletos de antaño que han mantenido a un pueblo rico en la pobreza, a un pueblo inteligente en la ignorancia, y a una mafia en el poder.