Hay una tendencia que se repite una y otra vez. Una práctica que de lejos promete mucho pero de cerca entrega lo opuesto. Tal ejercicio se conoce como inmigración en masa. A lo largo de los años se ha nutrido la idea de que la fortaleza de las naciones es la diversidad de culturas e identidades, cosa que no necesariamente es cierta. Aunque la mezcla de culturas puede resultar en maravillas, esto requiere que el país anfitrión goce de una estable y bien definida identidad para que tal intercambio se mantenga.

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Señalización de virtudes

Países desarrollados como Alemania, Suecia, Francia y sobre todo Canadá han entrado en una etapa de post nacionalismo; siendo este un rechazo propio y “voluntario” de la identidad y rasgos referentes a la soberanía e individualidad de los que goza cada país. Los grandes europeos se han entregado a una ideología experimental donde las fronteras son tan reales como la posibilidad de que sus inquilinos del medio oriente se asimilen a una mentalidad occidental, sin machismo y sin extremismo religioso; todo esto por perseguir una imagen de salvadores misericordiosos, llamándose esto, señalización de virtudes.

Gracias a que México es uno de esos países donde lo que más sobresale son sus tradiciones presentes y practicadas a la fecha, estamos lejos de convertirnos en un territorio sin rostro que recibe con brazos abiertos otras ideologías. Sin embargo, sí hay algo de lo que México se ha olvidado y a propia culpa: su soberanía. Para poder seguir exportando inmigrantes indiscriminadamente a los gigantes del norte, México se ve en la penosa situación de no poder o no querer detener a aquellos que infringen su propia soberanía al entrar, sin más permiso que el vecino, a sus tierras persiguiendo la misma misión.

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Si el karma existiera físicamente se vería igual que federales mexicanos luchando contra inmigrantes sudamericanos intentando entrar a la fuerza a territorio Azteca.

México, un puente fronterizo

Mientras el reflector del mundo izquierdista y globalizado se posa sobre México, a éste no le queda más que extender los brazos y recibir a quien quiera entrar bajo el reclamo de asilo. Al indígena, al pobre, al agricultor, al comerciante, a todo aquel mexicano que aún experimenta una calidad de vida casi del porfiriato, no le queda de otra más que ver los recursos y el cariño del gobierno siendo derramado en aquellos que solo utilizan tan bello país como puente fronterizo.

Mientras nuestras mujeres entregan comida a aquellos que montan la bestia, ¿quién les regala comida a ellas? Mientras los peregrinos buscan el sueño americano y una vida digna de serie de televisión, ¿quién lucha contra sus Maduros, contra sus MS-13, y contra todo aquello que los detiene como nación para progresar? ¿Qué será de Honduras, El Salvador y Venezuela si sus hijos les dan la espalda y las entregan a aquellos quienes abusan del poder?, ¿se convertirán en tierra de nadie estilo Mad Max?

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¿Qué hubiera pasado si Miguel Hidalgo y Simón Bolívar hubieran preferido conseguirse una casa en Florida y tunear carros?

Cada vez que un avión está por despegar las azafatas nos comparten algo de sabiduría, puesto que primero uno debe colocarse la máscara de oxígeno antes de ponérsela a alguien más. Si usted entiende por qué esto es así, habrá entendido la ironía de la situación mexicana. Mientras tanto podemos seguir maravillándonos con Japón y su sociedad 99% homogénea, su economía digna del G7 y su desempleo por los suelos.

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Pero bueno, ¿quién ha escuchado de algún chicano-san?

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