No es ningún secreto que la mejor forma de promocionar a un pintor para incrementar el valor de su obra (porque no hay homenajes gratuitos) es haciéndole una película biográfica. No pocas veces los productores llegan a tener alguna obra suya en su colección personal.

“At Eternity’s Gate” es un ejercicio fílmico de baja intensidad, aunque con notables aciertos sobre las vivencias posibles de este genio, bajo la dirección innovadora de Julian Schnabel, quien así culmina una serie de actividades curatoriales en torno a este relanzamiento de Van Gogh en el 2018.

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Apto para amantes del cine

La gran actuación de Willem Dafoe estriba en la compenetración de la psicosis que conocemos del pintor y se monta en su asombroso parecido físico, para lograr atraer las únicas nominaciones y premios que tiene este filme, apto solamente para amantes del Cine.

Tan solo de visitar el actual sur de Francia y concretamente Arles, donde vivió y pintó el holandés, surgen interesantes propuestas visuales; el pueblo sigue teniendo ese color y los rincones tan Van Gogh, que es imposible no querer jugar a retratarlo.

Se recomienda leer una biografía básica del pintor antes de ver el filme, para compartir la gratificación de seguir las propuestas del ejercicio fílmico, como los posibles diálogos con Gouguin, el conmovedor trato con su hermano y el más acertado, con el párroco que lo visitó en el hospital.

Aunque si a propuestas vamos, a mí me hubiera gustado ver la relación entre la pintura y la naciente fotografía, que me parece una omisión grave. En los años 30 del siglo XIX surgió este invento en París, que le dio una nueva perspectiva al arte pictórico; porque separó a la inmensa mayoría de los dibujantes-retratistas que querían capturar la realidad y que encontraron en la fotografía ese sueño, de los verdaderos pintores (muchos menos) que veían el mundo de otra forma y querían plasmar en su lienzo una interpretación de lo que sólo ellos podían ver.

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La fotografía como documento social

Basta leer a Gisèle Freund, La fotografía como documento social, para percatarse cómo este invento inicia las corrientes pictóricas, en una clara rebeldía a la tecnología, haciendo que por primera vez los pintores firmaran sus cuadros por delante, cuando era costumbre hacerlo por detrás. La realidad acrecentada que ofrecen estos artistas en sus obras es una clara revuelta, que quieren marcar contra el retrato de yoduro de plata.

En la obra de Van Gogh es enfática la distancia que toma de la fotografía, por no llamarle repulsión, al incrementar el color directo, rompiendo la perspectiva, desobedeciendo la luz y la sombra o irreverenciando el trazo recto. Por supuesto, debió tener opiniones muy contrarias y hasta sarcásticas hacia el nuevo invento y peor aún, de los pintores retratistas, que se fueron tras esa veta tecnológica. Si los impresionistas ya tenían sus reservas ante la fotografía, que muy lejos estaba de considerarse un arte, Van Gogh las manifiesta con la violencia de su color y su trazo, por ello hubiera sido interesante ponerle voz a esa muy posible opinión.

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Tantos experimentos fílmicos sobre Van Gogh anteceden al de Schnabel, que desde la noticia del estreno ronda la pregunta: ¿Qué hace a este ejercicio especial o diferente? La respuesta aparece hasta los créditos y es un hallazgo arqueológico que inicia todo este proyecto.

Van Gogh, en la puerta de la eternidad. Filme de Reino Unido, 2018, 106 minutos, dirigido por Julian Schnabel, con guión de Jean-Claude Carriére, Julian Schnabel y Louise Kugelberg. Música de Tatiana Lisovkaia y Fotografía de Benoit Delhomme. Actuación de Willem Dafoe, Rupert Friend, Oscar Isaac, Mads Mikkelsen, Mathieu Amalric, entre otros.

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