Ha pasado casi un año desde que conocimos sobre este mal del coronavirus, sin embargo, creo que entonces pensábamos que sonaba lejano y no solo por la distancia, sino por las culturas y porque simplemente era algo que nunca habíamos visto antes.

Nunca me había preguntado por qué en Asia tenían ciertas costumbres pero ahora, yo sin darme cuenta he adoptado parte de ellas y es que me doy cuenta que me estoy “orientalizando”.

Entre ellas está el uso del cubrebocas o mascarilla que protege el rostro, otra es al entrar a casa dejar el calzado en la puerta para ingresar en la zona limpia pero, creo que la que más me asombra es el saludo sin manos, con una reverencia o simplemente una señal, que indica que no habrá contacto físico.

Hemos venido haciendo y respetando una serie de normas de distanciamiento social para protegernos del coronavirus, al que yo llamaría “la reina”, pues lleva una corona y va esparciéndose por todo el mundo, conquistando lugares, ganando batallas, apoderándose de la tranquilidad y creando un imperio.

Todos saben de ella, pero nadie la ha visto, es tan invisible a los ojos, que en realidad no sabemos cuando vendrá, si ya vino o si ya se fue.

La vacuna deja algunas incertidumbres en América Latina

Y bueno, ahora resulta que finalmente después de meses de espera, incertidumbre, confinamiento, distanciamiento social y miedo a otros humanos, han creado un antídoto que como en los cuentos con final feliz apareció después de tanta espera, y es que llegó una vacuna que al parecer tiene gran probabilidad de prevenir esta enfermedad a quienes la suministran pero, en un país en vías de desarrollo como cualquiera de América Latina, ¿sera posible hacerlo a todos sus habitantes?

Esperemos que sí, más nos vale creer y pensar que lo mejor viene, que ha sido dura la prueba y que vendrán tiempos mejores o, al menos, como los de antes.

Quisiera pensar que al pasar de un par de meses dejaremos atrás esta sensación, este miedo y esta increíble situación que se salió de nuestro control. Quisiera poder volver a lo que vivía, a la libertad de caminar por la calle con el rostro descubierto, ver las sonrisas de las personas o diferenciar cuando no lo hacen, poder estrechar las manos y dar abrazos de felicidad, besarnos y ver a los demás con el alma y no con la lupa de la higiene, pensar en el de al lado como alguien que te brinda confianza y no como algo que puede hacerte un mal.

Deseo recuperar la libertad y que termine la pandemia

Quisiera estrechar la manos con quien me dé confianza y saludar a quien tenga en frente, dejar de lavarme tanto las manos y no preocuparme por lo que llevo a mi boca o a mis ojos. Usar menos antibacterial y pintarme los labios. Llegar a la casa y al abrir la puerta, en vez de llevar el miedo de correr a quitarme la ropa con la que salí al mundo exterior y dejar mis zapatos, correr hasta la habitación más alta, más alejada del ingreso, llevando mis pisadas sin miedo, ni paranoia de suciedad, llevar bien puestos no solo mis zapatos, sino mi tranquilidad.

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