Cada seis años y desde el triunfo de la Revolución Mexicana, los mexicanos se enfrentan al proceso electoral en el que se dirimirá quién quedará al frente del Poder Ejecutivo Federal, quién será el encargado de llevar el honor de ser llamado presidente de los Estados Unidos Mexicanos [VIDEO].

¿Realmente esperamos el festín sexenal?

Las calles se llenan de propaganda que, si nos va bien, se elimina una vez terminado el proceso, pero que como ya lo hemos visto, la mayoría de esos pregones pintados en bardas, permanecen ahí, algunos por más de seis años.

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Esos anuncios nos sirven para recordar alguna promesa del candidato en cuestión y si acaso, es del triunfador del proceso, comprobar si se cumplió con lo que se ofreció o no.

Las estaciones de radio, pasan a ser la palestra de los partidos políticos, sus candidatos y sus promesas de campaña.

Se siente que la música y los locutores, son los que interrumpen ese mar de buenas intenciones dictadas en la voz de los protagonistas políticos que buscan algún cargo popular. Aquí es donde las memorias USB repletas de canciones, nos salvan a los ciudadanos de no recibir las oleadas de promesas que con sólo salir a la calle, nos damos cuentas que no se han cumplido.

La televisión, ahora con más canales que nunca y en calidad digital, no son la excepción para llenarnos, sin que se los hayamos solicitado, la cabeza de ideas nombres, canciones, ritmos y partidos que dejaremos de tener presentes en nuestro espectro diario, una vez que el proceso electoral se haya desarrollado el primer domingo de julio del 2018.

Bardas, radio y televisión son los vehículos que se utilizan para invitarnos al pueblo a la fiesta que se avecina y en la que, así nos lo dicen, se refrendará una vez más el carácter democrático de nuestro pueblo, una nación que desde 1920 nunca ha dejado de celebrar sus elecciones presidenciales, como el país más democrático que pueda existir en la faz de la tierra.

Pero como en todo, ¿queremos asistir a la fiesta?

Nadie duda del gusto de los mexicanos por las fiestas. A la menor provocación nos enfrascamos en una pachanga de distintas magnitudes. El triunfo de nuestro equipo favorito, el nacimiento de un nuevo miembro de una familia, la culminación de una carrera universitaria, algún premio recibido, la entrega de nuestra nueva casa, en fin, siempre hay pretexto para enfiestarnos en México [VIDEO].

Sin embargo, y desde nuestros usos y costumbres, no es que este carácter festivo, nos lleve a todas las fiestas sin poner remilgo. Cual conocedores de jolgorios que somos, asistimos a unas reuniones y a otras no.

De ahí la pregunta: ¿queremos asistir a esta fiesta?

Uno deja de ir a una fiesta cuando se da cuenta que en el fondo de esta aparece ese juicio de valor moral que se traduce en el pensamiento de siempre lo mismo. Ya no voy a esa fiesta porque es siempre lo mismo. Ya se lo que van a dar. No me gusta lo que ofrecen. Solo juegan con mis sentimientos.

El INE (Instituto Nacional Electoral) gasta millones de pesos en spots publicitarios. Son los garantes de que la fiesta se lleve en paz y son de los que más gastan invitando al festín. Quieren invitados, quieren justificar los sueldos de sus funcionarios, conminan a toda hora y por todos lados para que los ciudadanos acudan a esta fiesta de la democracia. Tratan de convencer de que los resultados de esta ahora sí serán diferentes, ahora la fiesta será divertida, ahora sí se concretaran las promesas que pregonan los partidos políticos.

Cada elección sexenal es lo mismo y cada vez son más los ciudadanos que ya no se la creen y aumentan el número de abstencionismo, cifra que muy poco se da a conocer y que no han querido valorar los encargados de esta festividad. Cada vez hay más ciudadanos que ya no asisten a la fiesta pues están seguros que no se ofrece algo nuevo.

Hay lugares en los que el abstencionismo es una cifra mayor a la alcanzada por el candidato que gana la elección de un municipio o un distrito electoral.

El abstencionismo como el: no, gracias. Ya no me la creo.

Cada una de las elecciones se organiza de tal forma, que proponen el mínimo esfuerzo para el electorado. Son en domingo, regularmente el día en el que la gran mayoría del país descansa. Antes de ese día, se declara la ley seca, para evitar distracciones y evitar, algo irónico, las fiestas hogareñas y se acuda a la festividad nacional.

Las casillas, que se cuentan por miles, se ubican de manera tan estratégica, que implica no tener que mover nuestro automóvil, desde nuestra casa y cómodamente caminando, podemos llegar a emitir nuestro sufragio y así engordar el número de votantes que sustenten de esta forma la democracia a la mexicana.

La credencial de elector, desde su masificación con la fotografía de cada uno de nosotros al frente, se convirtió en la identificación oficial para cualquier trámite que quiera realizarse, lo que nos obligó a traerla siempre en la cartera. ¿Cuánta gente se hubiera tomado a molestia en tramitarla de no ser un documento indispensable para casi todos los trámites? ¿Cuánta gente la tuviera si fuera solamente para votar?

Aún y con estas comodidades el día de la elección y con la obligatoriedad de la credencial para votar, el número de personas que no acuden a votar se incrementa en cada proceso. Cada vez son más los que dicen: No, gracias. Ya no me la creo.

Por tanto y esperando las reveladoras cifras que esta elección arroje en torno al abstencionismo, estoy seguro de que por mínimo que sea, se debe de tomar en cuenta por todos los actores políticos del país, ya como siempre se dice, en política la forma es fondo y el hecho de que haya quienes no quieren asistir a la fiesta de cada seis años, tiene un fondo que no debe de ser dejado de lado, ni por el INE, ni por los partidos políticos y mucho menos por los académicos y la sociedad civil.