La sangre es un líquido vital del organismo humano que transporta los nutrientes, así como también los minerales y las vitaminas disueltas en el plasma, la parte líquida de la sangre. El cuerpo acumula aproximadamente cinco litros de sangre, la cual circula libremente para ejercer su función nutriente.

La sangre está formada por una mezcla de líquido, llamada plasma que representa el 60% de su volumen y el resto corresponde a su parte sólida, representada por los glóbulos rojos, también llamados hematíes o eritrocitos.

La impresionante cifra de 4 a 5 millones de hematíes por centímetro cúbico de sangre se justifica por la importancia de su trabajo.

Los glóbulos rojos transportan el oxígeno proveniente de los pulmones, hacia todos los demás órganos y traen de nuevo el gas carbónico proveniente de la combustión del oxígeno. Estos gases se fijan en el principal componente de los glóbulos rojos: la hemoglobina, una molécula a base de hierro.

La falta de glóbulos rojos en la sangre, cuyas posibles causas son muy numerosas, recibe el nombre de anemia y suele ocurrir por enfermedades malignas, hemorragias o problemas digestivos. La anemia es una enfermedad propia de los países muy pobres, donde el acceso a una dieta balanceada es limitado.

Además de los nutrientes y del oxígeno, la sangre transporta también hormonas, que pueden considerarse como unos mensajes químicos que son enviados de un órgano a otro. Las hormonas viajan por medio del plasma sanguíneo y se fijan en las células.

Los glóbulos blancos defienden el organismo humano

Otros componentes vitales de la sangre son los glóbulos blancos, también llamados leucocitos, los cuales aseguran la defensa y vigilancia interna del organismo. Fabricados como los glóbulos rojos por la médula ósea, son bastante grandes, menos numerosos y mucho más diversificados. Los principales glóbulos blancos son los polinucleares, los linfocitos, los monocitos y, los más poderosos, los macrófagos.

Los glóbulos blancos en la sangre y en los tejidos linfáticos, son menos numerosos que los glóbulos blancos, pero su número aumenta cuando aparecen las infecciones para mejorar las defensas del organismo. Ayudan a sanar heridas, porque ingieren células muertas, glóbulos rojos dañados y restos de tejido.

El bazo, órgano destructor de los glóbulos rojos

Algunos glóbulos blancos garantizan la vigilancia de la sangre, porque son capaces de “atrapar” a los glóbulos rojos dañados e inútiles y limpiando los coágulos cuando la pared vascular ha cicatrizado; reciben ayuda para esta tarea de un órgano abdominal: el bazo.

El bazo es una “esponja” muy frágil situada en la parte superior y a la izquierda del abdomen, debajo de las costillas inferiores. Su función principal consiste en mantener y asegurar la destrucción de los glóbulos rojos que ya están deteriorados, a través de una gran corriente de sangre que lo atraviesa. La destrucción de los glóbulos rojos se efectúa normalmente en el bazo o en el mismo sitio de su nacimiento: la médula ósea.

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