La higiene corporal está condicionada por el uso del agua, como principal componente para eliminar impurezas, aunque sola no puede alcanzar este objetivo. El agua es considerada como un medio privilegiado, calma, tonifica, refresca, calienta, estimula o relaja; sus propiedades a la hora del baño en la tina o bajo la ducha son insustituibles.

Algunas investigaciones científicas en relación a la higiene personal, revelan que tomando suficiente agua, se mantiene la hidratación correcta de la piel y de los tejidos.

El agua es la base de la limpieza, pero también tiene efectos más profundos, ya muy conocidos por los egipcios y redescubiertos en el siglo XIX, que básicamente consisten en las técnicas de hidroterapia.

Si la hidroterapia se practica bajo control médico, mucha gente puede aprovechar los efectos benéficos de un baño o una ducha. Estos beneficios son de diverso orden: mecánico, al realizar un especie de masaje y térmico, pues el agua fría de 18 a 30 grados centígrados, fortifica, tonifica las fibras elásticas y contrae los vasos sanguíneos periféricos, activando de paso la circulación.

Tibia o caliente, de 31 a 38 grados centígrados, el agua tranquiliza y relaja. Pero su empleo, demasiado prolongado produce un alargamiento y una inflamación de la capa córnea. Por otra parte, el agua calcárea o salada, si no se enjuaga muy bien con agua dulce, puede secar y arrugar la piel.

El agua se desliza por la piel donde se forman gotitas sobre zonas secas. Para mejorar el contacto y eliminar las impurezas, hay que acudir a un intermediario: el jabón.

La acción del jabón en la limpieza corporal

Los jabones actúan como productos que humedecen la piel, gracias a sus propiedades tensioactivas, y forman con las impurezas una emulsión que se elimina con el enjuague. Los jabones se obtienen por la acción de un alcalí (soda o potasio) sobre los cuerpos grasos, reacción que recibe el nombre de saponificación.

Los estudios científicos demuestran que la utilización de mezclas de este tipo es muy antigua.

La primera fórmula conocida incluye agua, cenizas, aceite y remolacha triturada; data del año 600 A. de C. Posteriormente, las materias básicas de los jabones de tocador comenzaron a ser cuerpos grasos animales (sebo hasta un 80%) y vegetales (aceite de copra, de oliva y de cacahuate) además de soda. Con frecuencia se agregan antioxidantes, conservadores y a veces colorantes y antisépticos.

Algunos jabones pueden dañar la piel

Buenos limpiadores y espumosos - que en realidad no es una cualidad - tienen el defecto de ser alcalinos y de destruir el equilibrio de la superficie de la piel. Los aditivos, perfumes y antisépticos en particular, pueden producir alergias.

Estos defectos han suscitado la llegada al mercado de jabones sobregrasos, barras dermatológicas, gelatinas y cremas, menos peligrosos para la epidermis. La limpieza del rostro y del cuello también se puede realizar de manera suave y eficaz con productos desmaquilladores.

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