¿Qué sienten las personas cuando van a un festival de música [VIDEO] solo a disfrutar? ¿Qué se hace en los conciertos además de escuchar? Lo descubrí el pasado fin de semana en Jardines de México, Morelos, por el Vaivén 2018.

Lo primero para el cuernavacazo fue conseguir los boletos para el festival, y es que, según ya tenía mis cortesías, pero algo salió mal: digamos que la persona que me los ofreció cambió de opinión o regalaron mis tickets "por error". Dadas las circunstancias, muchos colegas se apiadaron de la triste historia, no es que no haya querido pagar entrada, simplemente ya contaba con las que se suponía me iban a dar.

Luego de la odisea, me dieron una entrada porque ya tenía todo preparado (transporte y hospedaje) con un grupo de amigos de un amigo que es médico, y otros colegas que tampoco tenían que cubrir. Éramos diez en la misma casa.

Hot-dogs, cerveza y más cerveza sería la dieta del fin de semana. El sábado comenzó y la ducha no pudo faltar. Todo estaba listo: la hielera llena, papas por todos lados y la sorpresa del Vaivén: chocolates mágicos.

Ya en el estacionamiento sorpresivamente alcanzamos lugar, porque es de los pocos festivales [VIDEO] en los que no se paga por este servicio. La única petición fue que ya entráramos a los Jardines y que no bebiéramos en los autos.

La fila enorme, ya sé, me leo muy payasa, pero cuando voy a trabajar solo entro por el área de prensa: fue algo nuevo para mí.

Los famosos cacheos con el sol en todo su auge y el olor a sudor de los asistentes me acompañaron cuando estuve formada, y ¿qué creen? Pude pasar mi selfie stick.

"Más cerveza, para la cabeza" ¿O chocolates?

Al entrar me percaté de que uno de mis mayores miedos, los baños, estaban completamente decentes. "Que yo te co, que yo te co, que yo te coqueteo", cantaba el rapero Sabino, mientras mis amigos recargaban para su consumo, "de mientras", decidí comerme mi chocolate en forma de calavera.

Debí prevenir que si soy una persona que no consume hierba, me iba a pegar demasiado y quizá la dosis perfecta era solo la mitad de la porción. Me sentía bastante bien, así que caminamos rumbo al escenario en el que se presentaría Rey Pila.

Sonaron las primeras rolas y mi cabeza daba vueltas, las rolas me vibraban en la cabeza y sentí cómo poco a poco los dulces mágicos se expandían por todo mi cuerpo. El resultado: estaba muy relajada.

Decidí irme con mi grupo de amigos para "que me cuidaran", en ese lapso pude hacer lo que jamás ocurre cuando me toca trabajar: no solo comer chocolate, también tirarme en el pasto y ya que estoy en modo sincera: me agradó cómo sonó Caloncho por el saxofón de Jonathan Arellano.

Poco a poco me relajé más y más, era como si flotara en el pasto a ritmo de los chupetazos, de Caloncho. El efecto se prolongó: sentí unas ganas de bailar, pero después: solo quería dormir. Era inevitable mantener los ojos abiertos, mi cuerpo estaba presente, pero mi mente estaba totalmente ausente.

Mis amigos fueron a comer, regresaron, y yo seguía dormida. "Come papas", me decían, yo solo deseaba estar tirada en el pasto. A la entrada había un pavorreal enorme, muy bonito: fue mi cama.

No me pregunten qué tal tocaron ZHU o Justice, los estelares, solo sé que dormí delicioso y que no me robaron el celular, dinero o mis pertinencias. Lo que no sé es cómo logré ponerme la pijama, subir a la litera (ya en la casa) y por qué jodidos les agrada tanto el efecto.

No digo que no lo volveré a hacer, pero los festivales son para escuchar y enriquecer la cultura musical. Aunque sí, debo confesar que estuvo rico no trabajar y solo acostarme en el pasto. No saber de entrevistas o nombres de la producción: solo disfrutar. Chocolatosa experiencia.