Conocí a Francisco cuando mi papá organizó una partida de poker; sus ojos del color de la noche me impactaron desde que intercambiamos palabras por primera vez. Con solo saludarlo transpiraba como si hubiera corrido kilómetros.

Aunque yo podría ser su hija, despertó en mí algo que nunca había sentido con los chicos de mi edad. El gusto era mutuo: en dos ocasiones noté cómo no apartaba los ojos de mi escote, yo le seguía el juego. Adoraba que me mirara.

Me ponía ropa deportiva para que me viera aunque no fuera a correr ese día. Usaba leggins pegadísimos, el toque final: dejaba por fuera una parte de mi tanga de encaje morado.

Las visitas de Francisco a mi padre fueron cada vez más constantes. Yo estaba de vacaciones y él lo sospechaba; papá trabaja todo el día en su despacho jurídico, por lo que mi víctima aprovechaba la ausencia de su amigo.

Un 31 de julio (lo recuerdo bien) mi padre me mandó un mensaje de que se quedaría más tiempo en el trabajo; bastó con una llamada a Francisco.

-¿Vienes a verme?

-Sí, pero me controlas, respondió.

Me puse una falda muy corta, medias y tacones. El maquillaje no podía faltar; hoy nos fajaremos, pensé.

Llegó a las siete en punto, abrí la puerta y de inmediato me llenó de besos. Sus manos apretaron mis trasero y posteriormente me cargó contra la pared. Yo solo seguía el ritmo, me puso la mano en su miembro y comencé a tocarlo como si fuera el final de los tiempos.

Me llevó hacia el sillón, ya ahí me quitó la falda y medias al mismo tiempo que besaba mis piernas. Su lengua se posó en mi vientre, el estómago me hormigueaba mientras él decía: -Qué rico te mojas.

Las caricias siguieron hasta que él quedó sin ropa, mi aroma cítrico se fusionó con su olor a madera; vi que sacó un preservativo y algo asustada le comenté que era mi primera vez.

Sus ojos se impregnaron en los míos. Esa sonrisa al escuchar sobre mi virginidad nunca la olvidaré; colocó su miembro y comenzó poco a poco. El dolor se hizo presente, pero mis ganas por descubrir qué más pasaría lograron que soportara.

Sentí mucha presión, en realidad el emocionado en ese momento era él. Yo miraba su pecho y su tez blanca; las gotas de sudor salían de su piel lentamente. 

Luego de un rato comenzó a gustarme, ya me voy a venir, dijo con voz de éxtasis. Lo sacó y retiró el preservativo  y puso mi mano en su miembro para que yo continuara la fricción.

Uno, dos, tres: se liberó todo recorriendo mis dedos. Las últimas gotas las derramó sobre mi pecho. Esa sonrisa que tanto me encantaba apareció de nuevo; de momento, yo ya no era virgen y sus 37 años de edad no le importaron a mis 17.

                                                                                                                                  Regina. #El despertar de Regina